sabato 22 agosto 2009

Los Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades, frente a los desafíos de la nueva evangelización



Congreso de Hogares Nuevos - Obra de Cristo
Roma (Centro Congressi “Salesianum”), 16 - 22 de septiembre de 2007


1. Introducción: “25 años, fieles a la Iglesia y amando a las familias”

Mis primeras palabras quieren ser, ante todo, de cordial felicitación al P. Ricardo Enrique Facci, Fundador y Presidente de Hogares Nuevos - Obra de Cristo, así como a todos Ustedes, miembros y simpatizantes de este movimiento eclesial, surgido en Argentina el 24 de octubre de 1982, presentes estos días en Roma para celebrar cerca del Vicario de Cristo el veinticinco aniversario de la fundación de esta asociación internacional de fieles, que se encuentra establecida en diversos países del continente americano.

El lema escogido para el Congreso que inició ayer en esta sede contiene dos aspectos que se compenetran profundamente: la fidelidad a la Iglesia, de una parte, y el amor a las familias, de otra. La fidelidad a la Iglesia de Cristo, a través de la sincera obediencia al magisterio del Romano Pontífice y de los Obispos en comunión con él, manifiesta el amor a Jesucristo, su fundador. El amor a las familias es consecuencia directa de la fidelidad a Jesucristo y a su Iglesia. En la Carta a las Familias (2 de febrero de 1994), el Siervo de Dios Juan Pablo II escribió que la familia es el primer y más importante camino de la Iglesia, porque en ella la persona realiza su propia vocación (cfr. n. 2). Por esta razón, Juan Pablo II animó constantemente durante su pontificado a hacer de la familia cristiana el corazón de la nueva evangelización.

Hogares Nuevos - Obra de Cristo nació para dar respuesta a la llamada de Juan Pablo II contenida en el n. 86 de la Exhortación Apostólica post-sinodal Familiaris Consortio (22 de noviembre de 1981): «Deben amar de manera particular a la familia». Explicaba el Papa, a continuación: «Se trata de una consigna concreta y exigente. Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado: “Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo”» (FC, 86).

La Exhortación Apostólica post-sinodal Familiaris Consortio es fruto de la VI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980, sobre «La misión de la familia cristiana en el mundo actual», con la finalidad de hacer tomar conciencia de que cada familia y, en particular, la familia cristiana, lleva en sí una extraordinaria riqueza de valores y de tareas en orden a edificar la Iglesia y la entera sociedad humana1. Considero relevante destacar aquí que antes de cumplirse el primer año de la publicación de este documento pontificio, veía la luz en Argentina Hogares Nuevos - Obra de Cristo.

Este Movimiento, permeado de una espiritualidad cristocéntrica y poniéndose bajo la especial protección de la Sagrada Familia de Nazaret, se propone proclamar las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia en toda su integridad y con generosidad misionera; anunciar con alegría y convicción la Buena Nueva sobre el matrimonio y la familia, para que las familias puedan alcanzar metas altas en el seguimiento de Cristo; suscitar en todos sus miembros una conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia Católica, formando las conciencias según los valores cristianos; potenciar el espíritu de solidaridad en diversas obras de caridad cristiana y, por último, preparar personas competentes en los variados sectores de la pastoral familiar.


2. “La misión de la Iglesia es evangelizar” (Documento de Aparecida, 30-32)

En el n. 30 del Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida (Brasil), del 13 al 31 de mayo de 2007, cuyo tema fue «Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6)», leemos: «La historia de la humanidad, a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo su mirada compasiva. Dios ha amado tanto nuestro mundo que nos ha dado a su Hijo. Él anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Por esto, nosotros, como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo»2.

La Iglesia es esencialmente misionera y, en consecuencia, tiene como tarea fundamental transmitir la fe a la generación presente y a las futuras, guiada por el Espíritu Santo y obedeciendo al mandato de Cristo, quien antes de ascender al cielo dijo a sus Apóstoles: «–Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). El anuncio de la Buena Nueva traída por Jesucristo compete a todos los fieles cristianos sin excepción (laicos, sacerdotes y religiosos). La evangelización siempre será un cometido actual para la Iglesia, pero en las circunstancias presentes se ha convertido en absolutamente necesario y urgente. A la tentación de sucumbir a una pastoral de “mantenimiento” o de “conservación” de la situación existente, hay que reaccionar presentando con valentía una pastoral de “evangelización”, que conduzca a llevar el Evangelio a todos los ambientes humanos. Atención particular en la tarea apostólica merecen los niños, los jóvenes y las familias, hacia quienes conviene dedicar las mejores energías evangelizadoras.

Durante el Discurso inaugural de la V Conferencia en Aparecida, el Santo Padre Benedicto XVI afirmó que «la Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión»3.

La evangelización fue el tema de dos importantes documentos pontificios de obligada lectura y reflexión: la Exhortación Apostólica post-sinodal Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), del Siervo de Dios Pablo VI, y la Encíclica Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), del Siervo de Dios Juan Pablo II. Entre ellas median quince años de diferencia. La Exhortación de Pablo VI aparecía a mitad de la década de los setenta, al cumplirse el décimo aniversario de la promulgación del Decreto Ad gentes, del Concilio Vaticano II, cuando se constataban en la vida de la Iglesia las primeras consecuencias de una cultura secularizada que estaba tomando cuerpo en el mundo contemporáneo. Especialmente significativo es el capítulo VII de la Exhortación (“El espíritu de la Evangelización”), que ofrece una síntesis de la espiritualidad de la evangelización, de perenne validez para todos los fieles en la Iglesia.

Por su parte, en la Encíclica Redemptoris missio (publicada al cumplirse veinticinco años de la promulgación del Decreto Ad gentes) Juan Pablo II quiso reafirmar la dimensión intrínsecamente misionera de la Iglesia, con una miranda amplia y esperanzadora hacia el futuro, en el que Dios prepara una nueva primavera para el Evangelio. La Encíclica afronta la necesidad de que todos los fieles redescubran la llamada universal a la misión, que surge de la radical novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus discípulos» (RM, 7).

Con su excepcional ardor misionero, Juan Pablo II puso de manifiesto que la tarea evangelizadora requiere los mejores esfuerzos de todos los miembros de la Iglesia para dar a conocer a Jesucristo, teniendo en cuenta que son todavía muchos los que todavía no lo conocen en absoluto, o bien, habiéndolo conocido en su infancia, porque tal vez recibieron alguno de los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), se han alejado de Él y viven como si Dios no existiera (“etsi Deus non daretur”)4. En cambio, Benedicto XVI propone a la humanidad fundamentar la propia vida como si Dios existiera (“etsi Deus daretur”), pensando que “aunque yo no me lo crea, bien pudiera ser que exista”. «Es el consejo que querríamos dar también hoy -decía el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger- a los amigos que no creen. Así ninguno queda limitado en su libertad, sino que todas nuestras cosas encuentran un soporte y un criterio del cual tenemos urgente necesidad»5.


3. Santidad y evangelización

La tarea evangelizadora (vocación universal a la misión) se encuentra íntimamente relacionada con la santidad de vida del cristiano (vocación universal a la santidad en la Iglesia), de modo tal que la una depende de la otra. La fecundidad apostólica es fruto de una amistad íntima con Cristo, de la participación de su Espíritu, de la unión a sus mismos sentimientos (Flp. 2, 5), que supone amar a todas las almas. «Todos estamos igualmente llamados a la santidad. No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad»6.

Juan Pablo II escribió con profunda sabiduría que el verdadero misionero es el santo (RM, 90). La nueva evangelización presupone el anhelo de santidad y la entrada efectiva del cristiano por caminos de santidad de vida. Revivir en el mundo de hoy la epopeya evangelizadora que caracterizó las primeras comunidades cristianas es posible si en la base se encuentra el dinamismo de la santidad personal. Así se expresaba Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (6 de enero de 2001), al concluir el Gran Jubileo del año 2000: «Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección» (31).

Conviene subrayar aquí la especial importancia y necesidad que reviste en la Iglesia y en la sociedad la acción apostólica de los fieles laicos, porque su existencia transcurre en medio de las circunstancias de la vida cotidiana (trabajo, estudio, relaciones familiares y sociales, deporte, sana diversión, etc.), que están llamados a santificar. De este modo, el apostolado de los fieles laicos puede alcanzar aquellos ambientes de vida a los que sólo ellos pueden llegar (LG, 33). Refiriéndose al papel de los fieles laicos de llevar el testimonio de Cristo al mundo entero, Benedicto XVI decía en el Discurso inaugural de la V Conferencia General, de Aparecida: «Muchos de vosotros pertenecéis a movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual. Estáis llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios en la sociedad»7.

En el Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 2007, Benedicto XVI recuerda que «la primera y prioritaria contribución que estamos llamados a ofrecer a la acción misionera de la Iglesia, es la oración». Y a los jóvenes del mundo entero, en preparación de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud (2008), les escribe: «La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y “eficientes”, sino el fruto de la oración comunitaria incesante»8.

Desde esta perspectiva, la oración hace eficaz todos los esfuerzos evangelizadores. A la oración es necesario unir también el sacrificio, valorando el sentido sobrenatural de todo sufrimiento físico o moral aceptado y ofrecido a Dios con amor, así como las pequeñas o grandes contrariedades que inevitablemente comporta la existencia humana.

La santidad y la evangelización presuponen a su vez la formación en la doctrina cristiana. En este sentido, los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades se presentan como auténticos ámbitos de formación en la fe, cada uno de ellos dotado de una pedagogía propia, de la que se benefician tanto los miembros como sus amigos y simpatizantes que se acercan a las diversas actividades que promueven estas realidades eclesiales. Benedicto XVI apela continuamente en su magisterio al estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y al Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, como instrumentos insustituibles para la formación de los fieles.


4. Carismas en la Iglesia para un nuevo anuncio del Evangelio

Es bien sabido que el luminoso pontificado de Juan Pablo II se distinguió, entre muchos aspectos, por la valorización de las diversas manifestaciones del Espíritu, como un elemento esencial de la vida de la Iglesia. Un ejemplo notorio es la relación que Juan Pablo II mantuvo con los diversos Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, así como con otras nuevas realidades en la Iglesia, considerándolos corrientes relevantes de renovación eclesial que contribuyen a la nueva evangelización de los hombres y las mujeres en el mundo actual. Al inicio del tercer milenio, Juan Pablo II escribía: «He repetido muchas veces en estos años la llamada a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16)»9.

Juan Pablo II calificó a los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades como dones preciosos distribuidos por el Espíritu Santo, que son motivo de esperanza para la Iglesia y la entera humanidad. El Papa acogió y valoró estas nuevas realidades eclesiales, las presentó a los Pastores de la Iglesia y las invitó a difundirse en las Iglesias particulares con humildad y sentido de comunión eclesial.

¿Cuál es la razón de esta actitud? La respuesta la podemos encontrar en las palabras que Juan Pablo II dirigió a los participantes al inolvidable encuentro con los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, que tuvo lugar la tarde del sábado 30 de mayo de 1998, Vigilia de Pentecostés, en la Plaza de San Pedro: «En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial» (7)10.

Unido idealmente al de 1998, fue asimismo memorable el encuentro de Benedicto XVI con los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, celebrado también en la Plaza de San Pedro el sábado 3 de junio de 2006, durante las primeras Vísperas de la solemnidad de Pentecostés. La decisión de Benedicto XVI de convocar a los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades constituye un signo de continuidad con el magisterio de Juan Pablo II. La relación de Benedicto XVI con estas nuevas realidades eclesiales es antigua, como él mismo ha manifestado en más de una ocasión. El Papa las considera irrupciones del Espíritu Santo en la historia de la Iglesia, que renuevan la estructura misma de la Iglesia, convirtiéndose en lugares de fe, en las que los jóvenes y los adultos experimentan un modelo de vida en la fe como una oportunidad para la vida de hoy.

Estas son las grandes líneas guía que el Papa entregó a los asistentes al acto: «El Espíritu Santo, a través del cual Dios viene a nosotros, nos trae vida y libertad [...] Los Movimientos han nacido precisamente de la sed de la vida verdadera [y] quieren y deben ser escuelas de libertad, de esta libertad verdadera, [la] libertad de los hijos de Dios [...] Participad en la edificación del único cuerpo [...] Queridos amigos, os pido que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo»11.

Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (n. 799). Un carisma, por tanto, es una gracia especial (gratia gratis data) diversa de la gracia santificante (gratia gratum faciens), que el Espíritu Santo derrama no sólo para la santificación de un fiel, sino para el bien de toda la comunidad eclesial.

Resulta interesante constatar que Santo Tomás de Aquino no utiliza el término “carisma”; como equivalente usa la expresión gratia gratis data, que es la gracia mediante la cual un hombre ayuda a otro a volver a Dios. Esta gracia no se concede para la santificación de la persona que la recibe, sino para cooperar a la santificación ajena12.

Juan Pablo II señaló en la Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles laici que «los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu» (ChL, n. 24).

Corresponde a la autoridad eclesiástica el deber de examinar la autenticidad de los carismas, así como garantizar su uso ordenado en la Iglesia13. Esta acción de la autoridad se puede denominar discernimiento, acompañamiento, etc. La tarea de la autoridad eclesiástica respecto a los carismas incluye también el grave deber de «no apagar el Espíritu» (1 Ts 5, 12-13).

Después del Concilio Vaticano II, e incluso antes, se ha escrito mucho acerca de la relación entre carisma e institución, es decir, la jerarquía, en la Iglesia. Algunos autores han puesto de relieve una presunta incompatibilidad entre ambos, aduciendo que la espontaneidad del Pueblo de Dios prevalece a la institución, la cual tiende a oprimir la acción del Espíritu en la Iglesia14.

Gérard Philips (1899-1972), teólogo belga que participó activamente en el último concilio ecuménico, escribió: «Los servicios jerárquicos y los dones puramente carismáticos se completan recíprocamente. Cuando el ejercicio del ministerio se aleja demasiado del Espíritu, se asoman amenazantes la rigidez y la esterilidad. Cuando el carisma se revuelve contra la autoridad estamos al borde del abismo, donde reina el desorden, el iluminismo y la confusión»15. Por su parte, el Cardenal Ratzinger evidenció que la contraposición dualística entre la dimensión carismática y la dimensión institucional describe de modo insuficiente la realidad misma de la Iglesia16.

Carisma e institución en la Iglesia no se contraponen, sino que se complementan recíprocamente a lo largo de la historia de la salvación. Juan Pablo II se dirigió a los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades el 30 de mayo de 1998 afirmando que la dimensión carismática y la dimensión institucional son co-esenciales a la constitución misma de la Iglesia y «concurren, aunque de manera diversa, a su vida, a su renovación y a la santificación del pueblo de Dios»17.

Como conclusión de este apartado, me parece oportuno citar aquí las palabras pronunciadas por el actual Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos durante el primer congreso de los Movimientos Eclesiales y de las Nuevas Comunidades de América Latina, celebrado en Bogotá en marzo de 2006: «Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son portadores de un precioso potencial evangelizador, del que la Iglesia tiene urgente necesidad, hoy. Representan una riqueza aún no conocida ni valorizada plenamente»18.


5. La eclesialidad de los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades

Uno de los frutos de la eclesiología y, más concretamente, de la teología del laicado del Concilio Vaticano II es, sin duda, utilizando la expresión de Juan Pablo II, la «nueva época asociativa de los fieles laicos» (ChL, 29), a la que estamos asistiendo. El Espíritu Santo está avivando la vida de la Iglesia con la aparición de nuevas formas de apostolado, muchas de ellas susceptibles de ser configuradas canónicamente como asociaciones de fieles. En vista de este florecimiento asociativo, Juan Pablo II precisó cinco criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales en el n. 30 de la Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, con el fin de que pudieran servir de guía tanto a los Pastores de la Iglesia en su tarea de discernimiento de estas realidades eclesiales, como a los responsables y miembros de las asociaciones. Estos criterios de eclesialidad son los siguientes:

1º) La primacía de la vocación cristiana a la santidad. Las asociaciones de fieles están llamadas a ser instrumentos al servicio de la santidad en la Iglesia, vocación que todos los cristianos hemos recibido con el sacramento del Bautismo y que el Concilio Vaticano II ha recordado en modo solemne (LG, cap. V), siguiendo las enseñanzas de Jesucristo: «Sed perfectos como mi padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)19. Hace pocos días, recordando las enseñanzas de San Gregorio de Nisa durante la catequesis sobre los Padres Apostólicos, Benedicto XVI afirmaba precisamente que «la plena realización del hombre consiste en la santidad, en una vida vivida en el encuentro con Dios, que de este modo llega a ser luminosa también para los demás, también para el mundo»20.

2º) La responsabilidad de confesar la fe católica. Los miembros de las asociaciones de fieles deben acoger y proclamar la verdad sobre la Iglesia y sobre el hombre, en obediencia al magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente21.

3º) El testimonio de una comunión firme y convencida con el Romano Pontífice y con los Obispos, que se manifiesta en la disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales y exige el reconocimiento de la legítima pluralidad de formas asociativas en la Iglesia, así como la disponibilidad para la colaboración en todos los ámbitos de la vida eclesial.

4º) La conformidad y la participación en el fin apostólico de la Iglesia, es decir, la evangelización y la santificación de la humanidad, tarea fundamental de la Iglesia, a la que los miembros de las asociaciones de fieles están llamados a participar activamente, con espíritu misionero.

5º) El compromiso de una presencia en la sociedad humana, con el fin de crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad. Esta misión compete especialmente a los fieles laicos, quienes, debido a la índole secular de su vocación específica en la Iglesia, están llamados a «buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales» (LG, 31).


6. Conclusión: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)

El Mensaje de la V Conferencia General a los Pueblos de América Latina y del Caribe convoca a todos los fieles a una gran misión continental. Para realizar este cometido se requiere esperanza, llena también de optimismo humano, que encuentra su fundamento en la seguridad de que Dios nos es cercano en todo momento y nos acompaña en nuestro caminar. Jesucristo está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Él es el Emmanuel, el «Dios-con-nosotros» y quiere que vayamos por el mundo, enseñando el Evangelio a toda criatura.

Teniendo en cuenta que Hogares Nuevos - Obra de Cristo es un movimiento eclesial que está al servicio de las familias cristianas, me parece oportuno terminar con unas palabras de la Homilía pronunciada por Benedicto XVI en la Santa Misa con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el 9 de julio de 2006: «La familia cristiana —padre, madre e hijos— está llamada, pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si estos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro»22.



Roma, 17 de septiembre de 2007




1 Cfr. D. TETTAMANZI (a cura di), L’Esortazione sulla famiglia «Familiaris consortio», Milano 1982, p. 5.
2 El Documento Conclusivo puede consultarse en la página web http://www.celam.org (visitada el 29 de agosto de 2007).
3 BENEDICTO XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia, Aparecida, n. 3, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 25-V-2007, p. 9.
4 Célebre expresión del jurista holandés Hugo Grocio (1583-1645), según el cual el derecho natural sería igualmente válido aunque Dios no existiera.
5 J. RATZINGER, L´Europa di Benedetto nella crisi delle culture, Siena 2005, p. 63. [La traducción es nuestra].
6 SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Madrid 1973, n. 134.
7 BENEDICTO XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia, Aparecida, n. 5, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 25-V-2007, p. 11.
8 ID., Mensaje del Santo Padre a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud (2008), 4.
9 JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 40.
10 ID., Discurso, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 5-VI-1998, p. 14.
11 BENEDICTO XVI, Homilía, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 9-VI-2006, p. 6.
12 Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. Th., I-II, q. 111, a. 1, c.
13 Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles laici, 24.
14 Durante el segundo milenio cristiano surgieron errores basados en una comprensión equivocada de la relación entre carisma e institución, como el joaquinismo o espiritualismo, de una parte, y el clericalismo, de otra. Para un estudio particular sobre esta cuestión, cfr. D.L. SCHINDLER, Istituzione e carisma, en PONTIFICIUM CONSILIUM PRO LAICIS, en I movimenti nella Chiesa, Ciudad del Vaticano 1998, pp. 67-76.
15 G. PHILIPS, La Chiesa e il suo mistero. Storia, testo e commento della Costituzione «Lumen gentium», Milano 1993, p. 162. [La traducción es nuestra].
16 J. RATZINGER, I movimenti ecclesiali e la loro collocazione teologica, en Nuovi irruzioni dello Spirito. I movimenti nella Chiesa, Cinisello Balsamo 2006, pp. 16-21.
17 JUAN PABLO II, Discurso, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 5-VI-1998, p. 14.
18 S. RYŁKO, Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades: respuesta del Espíritu Santo a los desafíos de la evangelización, hoy, en la página web http://www.celam.org/ (visitada el 29 de agosto de 2007). Cfr. Documento de Aparecida, 311-313.
19 Cfr. también Lv 11, 44-45 («Porque yo soy el Señor, vuestro Dios: santificaos y sed santos, porque yo soy santo [...] Habéis de ser santos, porque yo soy santo»); 19, 2 («Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo); 22, 32 («Yo soy el Señor, que os santifico»); 1 Ts 4, 3 («Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación»).
20 BENEDICTO XVI, «L’Osservatore Romano», 30-VIII-2007, p. 4. [La traducción es nuestra].
21 El n. 437/a del Documento de Aparecida sugiere a la pastoral familiar implicar a los movimientos y asociaciones matrimoniales y familiares a favor de las familias, con el fin de tutelar y apoyar la familia.
22 BENEDICTO XVI, Homilía, «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 14-VII-2006, p. 13.

martedì 14 luglio 2009

Movimenti ecclesiali, ministero petrino e apostolicità della Chiesa


M. Delgado Galindo, Movimenti ecclesiali, ministero petrino e apostolicità della Chiesa.

Edizioni Vivere In (Collana «Parva Itinera»), Roma-Monopoli 2008.



Cosa sono e cosa significano i Movimenti ecclesiali nella storia della Chiesa e della Società oggi? Distacco dal passato o nuovi germogli su radici millenarie indistruttibili e sempre vive?

Non si esaurisce la potenza che tutto crea, tutto muove, tutto rinnova.



Dalla presentazione di don Nicola Giordano:


Va considerato pregio di particolare valore avere tra le mani un'Opera che, nella linearità di uno stile chiaro, immediato, semplice, sintetico, ma anche esauriente, contiene un condensato di storia e porge una miniera di considerazioni che favoriscono la conoscenza e invitano alla riflessione.

La storia descritta in questo libro trattegia le origini e lo sviluppo di un fenomeno religioso sociale sviluppatosi nel mondo contemporaneo e secondo le caratteristiche proprie della cattolicità della Chiesa. La miniera di riflessioni si pone in rapporto alla richezza delle motivazioni attinenti ai Movimenti ecclesiali, materia particolare del libro, sullo sfondo di una società, l'intero ecumene umano, in continuo, progressivo e celere cambiamento.

Lo scrittore, esperto in Diritto Canonico e Capo Ufficio del Pontificio Consiglio per i Laici, conduce tutto il suo lavoro evitando gli scogli della pesantezza che, a volte, le lunghe e numerose note creano. Lo stile che si ammira nel volume è proprio quello della chiarezza e la incisività. Il libro, infatti, possiamo ritenerlo un utile e prezioso vademecum storico e concettuale che può illuminare e guidare la vita degli stessi Movimenti ecclesiali.

Ciò che maggiormente colpisce il lettore è il risalto che viene dato, anche con l'apporto della documentazione scientificamente curata, ai Movimenti. Di essi viene messa in risalto particolarmente la modernità che senza per niente ammiccare al modernismo, coinvolge, (e deve farlo!), i Christifideles laici nel loro singolare e moderno fiorire ed affermarsi nell'epoca più recente. (...)

Dato per scontato questo nostro giudizio, va detto che il volume di Mons. Miguel Delgado non propone soltanto particolari convincimenti di uno studioso né si lascia andare in considerazioni estemporanee laudative o anche critiche del fenomeno storico in sé. Con singolare obiettività traccia le linee e ne esprime il commento rifacendosi alla dottrina certa che è quella insegnata e divulgata dai Sommi Pontefici a noi più vicini nella storia della Chiesa. Ed è a tal fine che l'Autore cita particolarmente Giovanni Paolo II e il Pontefice attualmente regnante, Benedetto XVI. Ricorda la definizione data da Giovanni Paolo II il quale ebbe a vedere nella presenza dei Movimenti nella Chiesa come la "primavera dello spirito" (cfr. p. 39). Si collega anche al pensiero di Benedetto XVI che pone i Movimenti accanto o, meglio, sulla stessa scia delle varie novità di vita ecclesiale che hanno solcato l'intera storia della Chiesa. Non sarebbe giusto parlare di innovazione. Si dovrebbe parlare di emergenti nuove forme di vita che lo Spirito Santo fa germogliare. (...)

È a questo punto che il ministero petrino, che appare come secondo titolo dell'opera di Miguel Delgado, considerato nella collegialità delle forze ad esso collegate e coordinate, diventa la forza essenziale cui spetta il discernimento e la valutazione dei rivoli che, scaturiti dall'unica roccia devono bonificare le lunghe e larghe distese del vivere umano. Né i Movimenti sono la roccia, né possono essere autonomi i rivoli di acqua. Chi ha un carisma deve saperlo usare in proiezione verso quell'unità per cui si afferma e si sostiene che la Chiesa è una, santa, cattolica ed apostolica. (...)

Non può mancare un'ultima considerazione. Riguarda la preziosità di un'Opera che fa comprendere la novità di vita rappresentata dai Movimenti ecclesiali e, nello stesso tempo, li sa indirizzare nell'alveo giusto mentre correnti contraddittorie finiscono col fare perdere, a volte, la vera rotta. Questa va sempre seguita con l'aiuto delle carte nautiche richiamate dal nostro Autore anche "responsabile della sezione del Dicastero impegnata nei temi che concernono la vita associativa dei fedeli laici nella Chiesa". Preziose carte ricavate da un prezioso archivio di scienza e conoscenza.



Indice dell'opera:


1. Nel grande solco della missionarietà della Chiesa.

2. Cos'è un Movimento ecclesiale?

3. Colloqui e congressi internazionali dei Movimenti ecclesiali.

4. Istituzione e carismi: la Chiesa e i Movimenti ecclesiali.

5. L'inserimento dei Movimenti ecclesiali nelle Chiese particolari.

6. La cattolicità delle Chiese particolari.

7. Movimenti ecclesiali e configurazione canonica.

8. Movimenti ecclesiali, formazione cristiana, evangelizzazione: la sinfonia della fede.



mercoledì 10 giugno 2009

La Milizia dell'Immacolata


Seraphicum, 15 ottobre 2007


Cari militi della Milizia dell'Immacolata!

1. Il 14 agosto scorso la Chiesa celebrava con gioia la memoria liturgica di San Massimiliano Maria Kolbe (1894-1941), sacerdote dell'Ordine francescano dei Frati Minori Conventuali, fondatore della Milizia dell'Immacolata. Quest'anno la festa di questo Santo e Martire è stata per voi un'occasione propizia nel cammino di preparazione spirituale alla triplice ricorrenza che celebrate nel mese di ottobre. In primo luogo, il 25º anniversario della canonizzazione di P. Kolbe, avvenuta in Piazza San Pietro domenica 10 ottobre 1982 e presieduta dal Servo di Dio Giovanni Paolo II. Inoltre, domani, 16 ottobre, ricorrono dieci anni dell'erezione della Milizia dell'Immacolata come associazione internazionale di fedeli e dell'approvazione dei suoi Statuti generali da parte del Pontificio Consiglio per i Laici. Infine, dopo domani, mercoledì 17 ottobre, festeggerete il 90º anniversario della fondazione della Milizia dell'Immacolata e avrete la gioia di partecipare numerosi all'Udienza generale del Santo Padre Benedetto XVI, che si terrà in Piazza San Pietro.

2. Desidero, innanzi tutto, rivolgere a tutti i partecipanti a questa terza Assemblea generale elettiva della Milizia dell'Immacolata, radunatisi qui al Seraphicum, un cordiale saluto a nome di Sua Eccellenza Mons. Stanislaw Rylko, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici, e degli altri Superiori di questo Dicastero della Curia Romana, a cui volentieri mi unisco.

Un saluto particolare va indirizzato a P. Marco Tasca OFMConv., Ministro Generale dell'Ordine francescano dei Frati Minori Conventuali e Moderatore supremo della Milizia dell'Immacolata, come pure a P. Eugenio Galignano, OFMConv., Assistente e Presidente internazionale della medesima, che ha rivolto al Pontificio Consiglio per i Laici il gentile invito a partecipare all'apertura di questa Assemblea.

La triplice ricorrenza della Milizia dell'Immacolata, a cui ho fatto poc'anzi riferimento, ci sprona a rivolgere al Dio tre volte santo un sincero e sentito ringraziamento per tutti i suoi benefici, specialmente per questi anniversari che celebriamo con gioia. Possiamo affermare che tutti e tre poggiano sulla santità di vita del "martire dell'amore" di Osvieçim (come lo chiamò Papa Paolo VI), come su un fedele riflesso della santità divina.

3. La Milizia dell'Immacolata ebbe a nascere propio qui a Roma, presso il Collegio Internazionale dei Frati Minori Conventuali, all'epoca sede della Pontificia Facoltà Teologica San Bonaventura, in Via di San Teodoro. La sera di quel 17 ottobre 1917, sette alunni del Collegio, i primi "setti cavalieri dell'Immacolata", si radunarono insieme a P. Kolbe per impegnarsi nel proposito di respingere i duri attacchi che in quell'epoca erano rivolti contro la Chiesa, e di cercare al contempo di aiutare tutte le anime nella ricerca della conversione a Dio. I sette frati consegnarono la loro vita totalmente nelle mani dell'Immacolata. Così ha inizio la Milizia dell'Immacolata, che attualmente conta diversi milioni di membri, presenti in paesi di tutti i continenti.

Nel mese di gennaio 1922, P. Kolbe diede inizio alla rivista mariana Il Cavaliere dell'Immacolata, e nel 1927, nei dintorni di Varsavia, creò la prima Città dell'Immacolata, alla quale seguì quella di Nagasaki, in Giappone (1930-1936). Con il trascorrere del tempo, questi strumenti si sono rivelati validi mezzi per la diffusione del carisma della Milizia dell'Immacolata.

Il 2 gennaio 1922 la Milizia dell'Immacolata fu eretta a Pia Unione dal cardinale Basilio Pompilj (1858-1931), allora Vicario generale di Sua Santità per la Città di Roma e Distretto. Sin dai primi anni della sua storia, la Milizia dell'Immacolata ricevette attenzioni particolari da parte dei pontefici, quali il Breve di Pio XI del 18 dicembre 1926, che concesse indulgenze e privilegi ai membri dell'associazione, e quello dello stesso pontefice, datato 23 aprile 1927, con cui la Milizia dell'Immacolata venne elevata a Pia Unione Primaria. Dopo aver ricevuto nel 1975 e, successivamente, nel 1980, un'approvazione ad experimentum, in attesa della promulgazione del Codice di Diritto Canonico del 1983, con decreto del Pontificio Consiglio per i Laici, datato 16 ottobre 1997, la Milizia dell'Immacolata fu eretta ad associazione internazionale di fedeli. Il decreto riporta la firma del Cardinale James Francis Stafford e di Sua Eccellenza Mons. Stanislaw Rylko, allora rispettivamente Presidente e Segretario del Dicastero.

4. San Massimiliano Maria Kolbe definì la Milizia dell'Immacolata "una visione globale della vita cattolica sotto forma nuova, consistente nel legame con l'Immacolata, nostra Mediatrice universale presso Gesù" (SK, 1220).

La Milizia dell'Immacolata si prefigge la promozione dell'estensione del regno di Cristo nel mondo attraverso l'azione dell'Immacolata, cercando di stimolare tutti i fedeli a porsi al servizio di Lei nella missione di Madre della Chiesa. Cardine della spiritualità della Milizia dell'Immacolata è la rinnovazione giornaliera dell'atto di consacrazione alla Vergine Maria.

5. Gesù, Maria e le anime furono i grandi amori di P. Kolbe. Le tre ricorrenze della Milizia dell'Immacolata che coincidono in questo mese di ottobre, non sono soltanto un bel momento commemorativo, ma un invito a tutti i militi a guardare al momento presente ed al futuro con speranza. È tanto il bene che la Milizia dell'Immacolata ha apportato alla vita della Chiesa. Allo stesso tempo, ci rendiamo conto di quanto ancora c'è da fare affinché gli uomini e le donne del nostro tempo possano conoscere Gesù ed amarlo. Affidiamo lo svolgimento ed i frutti di questa Assemblea generale, nonché il vostro impegno missionario, alla nostra Madre Immacolata, perché Maria è sempre la strada sicura per andare verso Gesù.

Tantissimi auguri! Dio vi benedica e San Massimiliano Maria Kolbe interceda sempre per voi!

giovedì 14 maggio 2009

Los jóvenes y la Iglesia


I Asamblea Internacional de la Juventud Franciscana (Jufra)
Vilanova i la Geltrú, 30 de junio de 2007



1. Introducción: «Ve, Francisco, repara mi casa» (Relato de Tomás de Celano)1

Querría comenzar esta ponencia agradeciendo la amable invitación de la Juventud Franciscana a participar en la I Asamblea Internacional, que se celebra en el “Alberg Sant Francesc”, de Vilanova i la Geltrú. Los Superiores del Consejo Pontificio para los Laicos me han encomendado que os transmita de su parte un saludo muy cordial, junto con sus mejores deseos de una fructuosa Asamblea. Como sabéis, este Dicasterio de la Curia Romana cuenta con la Sección “Jóvenes”, creada por el Siervo de Dios Juan Pablo II en 1986, a la que confió todo lo que se refiere a la pastoral juvenil a nivel de la Iglesia Universal.
La celebración de esta Asamblea responde a una triple finalidad: el octavo centenario de la conversión de San Francisco y del inicio del carisma franciscano, en preparación a la conmemoración del octavo centenario de la aprobación de la Primera Regla (2009); la celebración en este año del también octavo centenario del nacimiento de Santa Isabel de Hungría, joven Patrona de la Orden Franciscana Seglar y de la Juventud Franciscana y, finalmente, vuestro interés en unificar criterios en los aspectos relativos a la formación y la organización de la Juventud Franciscana.
El punto de partida de mi intervención no podría ser otro que el encuentro del joven Francisco Bernardone con Dios, que transformó radicalmente su vida. Francisco tenía 25 años en 1207; atrás quedaban sus sueños de caballerías. Dos años antes había regresado enfermo a Asís desde Spoleto, después de un intento frustrado de combatir en Apulia. La enfermedad le había impedido dar cumplimiento a los deseos de batallador que albergaba en su corazón. Escribe Chesterton en su espléndida biografía sobre este santo desprendido y apasionado, de la entrega total a los pobres y a la creación entera, publicada en 1923: «La historia gira en muy grande medida en torno a las ruinas de la iglesia de San Damián, un viejo templo de Asís que al parecer se hallaba abandonado y cayéndose a pedazos. Allí acostumbraba Francisco orar ante el crucifijo durante aquellos días oscuros y desnortados de transición que siguieron al trágico hundimiento de todas sus ambiciones militares, días probablemente amargados por alguna merma de prestigio social, terrible para su espíritu delicado. En ello estaba cuando oyó una voz que le decía: Francisco, ¿no ves que mi casa está en ruinas? Anda a restaurarla por mí»2. Francisco entiende estas palabras en sentido material y repara la iglesia de San Damián, a la que seguirán otras cercanas. De este episodio querría señalar tres aspectos: Dios irrumpió en el alma de Francisco después de haberlo preparado con el dolor y el sacrificio personal; se cruzó en la vida de un joven de 25 años para encomendarle una tarea concreta; este joven se encontraba rezando en el momento de recibir la divina inspiración. Sobre esta última cuestión volveré más adelante.


2. «Vosotros sois la esperanza de la Iglesia, vosotros sois mi esperanza» (Juan Pablo II)

El domingo 22 de octubre de 1978, al finalizar el primer Ángelus, Juan Pablo II añadió un saludo especial hacia los jóvenes del mundo entero que no se ha borrado en el tiempo: «Vosotros sois el porvenir del mundo, vosotros sois la esperanza de la Iglesia, vosotros sois mi esperanza»3. Con estas palabras, Juan Pablo II inició un diálogo preferencial con los jóvenes que se ha mantenido ininterrumpido durante más de veintiséis años. Si bien la iniciativa de entablar este diálogo con los jóvenes fue de Juan Pablo II, a decir verdad el Papa se vio siempre correspondido hasta el último momento con una respuesta generosa por parte de los jóvenes. Prueba de ello la encontramos en los multitudinarios encuentros que mantuvo con jóvenes en diversos lugares del mundo, entre los que destacan, naturalmente, las sucesivas ediciones de la Jornada Mundial de la Juventud, una extraordinaria aventura de la pastoral juvenil promovida por Juan Pablo II. Decía que con los jóvenes se está siempre bien.
Una de las primeras audiencias generales de Juan Pablo II, la del 8 de noviembre de 1978, estuvo dedicada por entero a los jóvenes. El Papa dijo en aquella ocasión que quería a todos, a cada hombre y a todos los hombres, pero que tenía una preferencia por los más jóvenes porque ellos tenían un lugar preferencial en el corazón de Cristo, quien deseaba estar con los niños y entretenerse con los jóvenes; a los jóvenes dirigía particularmente su llamada; y había hecho de Juan, el Apóstol más joven, su predilecto. En aquel encuentro, Juan Pablo II dejó a los jóvenes un programa de vida espiritual que resumía en tres consideraciones: buscar a Jesús, amar a Jesús y testimoniar a Jesús4.
Juan Pablo II tuvo siempre confianza en los jóvenes y supo hacerse amigo suyo. Quiso llevarles a la amistad con la persona viva de Cristo, amistad que él mismo había experimentado a lo largo de toda su vida. Juan Pablo II fue un amigo exigente con sus amigos los jóvenes, a quienes presentó siempre metas altas de vida cristiana, es decir, de santidad, sin ningún tipo de “rebajas” ni “descuentos”. Sabía bien que los jóvenes tienen una gran capacidad de sintonizar con aquellas personas en quienes reconocen la autenticidad del mensaje que proponen.


3. Pastoral juvenil y pastoral vocacional

Siguiendo las enseñanzas de Juan Pablo II desde los comienzos de su pontificado, constatamos que la pastoral juvenil que propone la Iglesia debe tener como objetivo último que cada joven encuentre personalmente a Jesucristo para conocerle y amarle, porque sólo en Cristo los jóvenes pueden encontrar una respuesta segura a todos los interrogantes de su vida. Después de toda una vida buscando la verdad, escribía San Agustín en su obra Las confesiones: «Nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» ( I, 1, 1).
Para conocer y llegar a querer a una persona es preciso tratarla; no hay otro camino. En nuestro caso, la oración personal es el medio para tratar a Cristo. Rezar es hablar con Dios: así de sencillo y, a la vez así de profundo. Consiste en hablarle de todo lo nuestro y permanecer a la escucha de las inspiraciones que pone en nuestra alma. Así define la oración San Josemaría Escrivá de Balaguer: «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué? –¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”»5.
El encuentro y el seguimiento de Cristo presupone necesariamente la formación doctrinal y la formación de la conciencia moral de los jóvenes. Esta formación puede adoptar diversas modalidades. La Juventud Franciscana, que forma parte de la Orden Franciscana Seglar, tiene una pedagogía propia. El contenido esencial de este itinerario formativo lo encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica y en el Compendio de este Catecismo, que ofrece una síntesis de las verdades de fe, en forma de preguntas y respuestas breves, muy apropiadas no sólo para los jóvenes, sino también para los adultos. Sólo jóvenes sólidamente formados en la fe serán capaces de contrarrestar eficazmente las consecuencias de una cultura materialista y laicista que desde algunos ambientes se pretende imponer actualmente.
La formación cristiana debe empezar cuanto antes y no debe terminar nunca. La experiencia pastoral de estas últimas décadas revela que puede resultar tarde comenzar un itinerario formativo en la edad de la adolescencia, si no ha estado precedido de un período de formación en la etapa de la infancia. Por esta razón, en el ámbito de la Familia franciscana existen ya grupos compuestos por niños y pre-adolescentes, animados por miembros de la Juventud Franciscana, así como por Franciscanos, religiosos y seglares.
Medio de formación necesario en la pastoral juvenil es el acompañamiento o la dirección espiritual. La Iglesia ha recomendado esta práctica desde los primeros siglos, como medio eficaz para progresar en el trato con Dios. El director espiritual es la persona que conoce bien el camino de la vida cristiana, a quien podemos abrir con confianza nuestra alma y hace de guía, de amigo que nos acompaña. Nos presenta nuevos horizontes de vida espiritual, nos sugiere metas, nos señala los posibles obstáculos, nos ofrece luces para reconocer nuestra vocación, etc.
A la dirección espiritual se encuentra unido el sacramento de la confesión, donde nos son perdonados nuestros pecados y faltas. Este sacramento es uno de los grandes regalos que Jesucristo hizo a su Iglesia, a cada uno de nosotros. En el sacramento de la reconciliación, además de la gracia sacramental, recibimos también las luces de Dios. De ahí que la confesión frecuente resulte indispensable en la vida de un cristiano.
El servicio a las personas más necesitadas de la sociedad es para el cristiano fuente de alegría y de agradecimiento. Por esta razón, es preciso mostrar a los jóvenes que el cristiano no puede vivir de espaldas a las pobrezas del mundo actual. La conversión de Francisco supuso en él abrirse a la atención sonriente y generosa de los leprosos de Rivotorto, que en el pasado le habían producido tanta repulsión: «Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo»6.
La pastoral vocacional se encuentra íntimamente unida a la pastoral juvenil, de tal manera que, en realidad, no hay solución de continuidad entre la una y la otra. La pastoral juvenil debe llevar a los jóvenes a plantearse un compromiso de entrega a Dios, ya sea en la vida seglar (en el celibato o en el matrimonio), en el sacerdocio o en la vida consagrada. Es preciso mostrar a los jóvenes la capacidad de la persona de asumir compromisos definitivos, para toda la vida. Ante el miedo de los jóvenes al fracaso, a la incertidumbre ante el futuro, a la capacidad de ser fiel a un compromiso con Dios que es para toda la vida, es necesario ofrecerles esperanza. La juventud es la etapa de la vida en la que cada persona se encuentra ante la posibilidad de elegir su propio destino. Es la época de emprender el itinerario de la realización de los grandes ideales que cada persona alberga en su corazón. Dentro de estos horizontes, los jóvenes cristianos deberían sentir el deseo de encontrar el camino que Dios tiene reservado para cada uno de ellos.
Hace unos años una persona me comentó que los sacerdotes deberíamos hablar con más frecuencia de vocación cristiana en la predicación. Desde hacía tiempo notaba a faltar este tema. Por un instante me quedé pensativo al escuchar estas palabras, y concluí que aquella persona tenía razón. La propuesta vocacional tendría que estar más presente en la vida del cristiano, y no sólo en la de los sacerdotes. Presentar la llamada de Dios en el horizonte de un joven es una de las tareas más urgentes de los cristianos en la hora actual.


4. Libertad humana y compromisos definitivos de la persona

El 5 de agosto de 2006, casi un mes antes de emprender su viaje apostólico a Baviera, Benedicto XVI concedió una larga entrevista televisiva a representantes de Radio Vaticano y de cuatro cadenas de televisión alemanas. En una de las primeras intervenciones, un periodista le preguntó: ¿Lleva un mensaje especial para los jóvenes? El Papa respondió, entre otras cosas, que «podría recordar el valor de las decisiones definitivas. Los jóvenes son muy generosos, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, sea en el matrimonio sea en el sacerdocio, se tiene miedo. El mundo está en continuo movimiento de manera dramática: ¿Puedo disponer ya desde ahora de mi vida entera con todos sus imprevisibles acontecimiento futuros? ¿Con una decisión definitiva, no renuncio yo mismo a mi libertad, privándome de la posibilidad de cambiar?». El Papa seguía respondiendo a esta pregunta: «Conviene fomentar la valentía de tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia adelante y lograr algo importante en la vida, son las únicas que no destruyen la libertad, sino que le indican la justa dirección en el espacio. Tener el valor de dar ese salto -por así decir- a algo definitivo, acogiendo así plenamente la vida, es algo que me alegraría comunicar»7.
Con esta palabras, el Papa constataba una doble realidad del mundo juvenil en la sociedad actual. Por un lado, la generosidad de los jóvenes para afrontar los retos que la vida les presenta (estudio, trabajo, amistad, afectividad, etc.). Esta actitud es connatural a la persona joven. Por otro, surge el miedo a asumir compromisos que por su propia naturaleza tienen carácter definitivo. Por ejemplo, aunque los jóvenes comprenden el valor del matrimonio, muchos de ellos retrasan la edad de contraerlo hasta después de los treinta años. La cultura del individualismo radical conduce a oponer la libertad humana a la toma de una decisión que es para toda la vida. Sin embargo, la libertad no consiste en caminar sin rumbo fijo por cualquier lugar, sumergido en un mar de superficialidad, sin una adecuada educación del corazón. Si a la persona se le priva de la posibilidad de asumir compromisos para siempre, también en la edad joven, se la está privando de uno de sus mayores usos de la libertad, al que tiene derecho. Las decisiones definitivas son una expresión profunda de la libertad de la persona, que tiene la capacidad de comprometerse para toda la vida y ser fiel a la palabra dada (a Dios, a otra persona). La libertad nos ha sido dada como una oportunidad para abrirnos a Dios, del cual tenemos una gran necesidad.
Es preciso ayudar a los jóvenes a perder el miedo a las dificultades del ambiente, apelando a los grandes ideales que llevan en su corazón y a la confianza en Dios, que nunca falla cuando encuentra un ánimo generoso. Al terminar la homilía de la Misa de inicio del ministerio petrino, el 24 de abril de 2005, Benedicto XVI quiso recordar las palabras que pronunció Juan Pablo II al comienzo de su pontificado: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!»8. Decía Benedicto XVI: «Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»9. Encontrar a Cristo es encontrar la felicidad que todo corazón humano anhela desde lo más profundo de su ser. Durante el Jubileo de los Jóvenes del año 2000, Juan Pablo II se preguntaba si resulta difícil creer en el mundo hoy. «En el año 2000, ¿es difícil creer? Sí, es difícil. No hay que ocultarlo. Es difícil, pero con la ayuda de la gracia es posible, como Jesús dijo a Pedro: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17)»10.


5. Los jóvenes, apóstoles de los jóvenes

A los jóvenes cristianos les corresponde la estupenda misión de ser apóstoles de los otros jóvenes, con su testimonio y su palabra llena de afecto y comprensión; de transmitirles la alegría de pertenecer a la Iglesia, de caminar en esta tierra con Jesús. Dar a conocer a Cristo es una gran tarea que incumbe a los jóvenes. En el Evangelio de San Juan encontramos la figura del apóstol Andrés, que era hermano de Pedro y discípulo de Juan el Bautista. Andrés fue uno de los primeros apóstoles que siguieron a Jesús. Después de haber estado con el Señor, Andrés encontró a su hermano y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo, y lo llevó a Jesús» (Jn 1, 41-42). El anuncio que dirige Andrés a Pedro manifiesta el ardiente deseo de la venida del Mesías, así como la gran alegría al comprobar que la esperanza del pueblo de Israel se ha convertido en una gozosa realidad, circunstancia que mueve a Andrés a comunicar inmediatamente a sus hermanos una noticia tan feliz. Este episodio de la vida de los Apóstoles demuestra que el encuentro con Cristo transforma la persona y la impulsa a dar a conocer al Señor a quienes están a su lado (familiares, parientes, compañeros de profesión, amigos, etc.). El evangelista pone también de manifiesto que el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes le están siguiendo de cerca. El apostolado del cristiano consiste en una gran catequesis, en la que a través del trato personal, de una amistad leal y verdadera, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos; todo ello con naturalidad y sencillez, con el testimonio de una fe bien vivida, con la palabra amable, pero llena de la fuerza de la verdad divina.
Hace pocos días, el P. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., recordaba la historia de Hermann Cohen, una especie de joven Francisco en versión moderna. Cohen fue un célebre músico judío que vivió en el siglo XIX y que se convirtió al catolicismo. Después de su conversión escribía a un amigo: «He buscado la felicidad por todas partes: en la vida elegante de los salones, en el ruido ensordecedor de los bailes y de las fiestas, en la acumulación de dinero, en la excitación del juego de azar, en la gloria artística, en la amistad de personajes famosos, en el placer de los sentidos. Ahora he encontrado la felicidad, tengo el corazón rebosante y querría compartirla contigo. Tu me dices: “Pero yo no creo en Jesucristo”. Te respondo: “Tampoco yo creía, y es por esto que era infeliz”».


6. Conclusión: «Sólo el Infinito puede llenar el corazón» (Benedicto XVI)

El pasado domingo 17 de junio, el Papa Benedicto XVI realizó un viaje pastoral a Asís, con motivo del octavo centenario de la conversión de San Francisco. El último acto de la peregrinación consistió en un multitudinario encuentro con jóvenes, celebrado por la tarde en la plaza enfrente de la Basílica de Santa María de los Ángeles. El Papa recorrió en su discurso algunos de los episodios más significativos de la vida de San Francisco, con el fin de presentar a los jóvenes la figura de este santo como un modelo para ellos. Poniendo en relación los hechos de la juventud de San Francisco con los sucesos de muchos de los jóvenes de nuestro tiempo que no sacian el corazón, el Papa concluía afirmando que «la verdad es que las cosas que terminan pueden dar fulgores de alegría, pero sólo el Infinito puede llenar el corazón»12.
Recordando las palabras que el Crucifijo de San Damián dirigió a San Francisco, decía el Papa: «Todos nosotros estamos llamados a reparar en cada generación de nuevo la casa de Cristo, la Iglesia»13. Y concluía: «Hago mía una vez más la invitación que mi amado predecesor, Juan Pablo II, amaba siempre dirigir, especialmente a los jóvenes: “Abrid las puertas a Cristo”. Abridlas como hizo Francisco, sin miedo, sin cálculos, sin medida. Sed, queridos jóvenes, mi alegría, como lo habéis sido de Juan Pablo II»14.



1 2 Cel I, 6, 10: FF, 593.
2 G. K. CHESTERTON, San Francisco de Asís. Santo Tomás de Aquino, Homo Legens, Madrid 2006, p. 39.
3 “L’Osservatore Romano”, 23-24 de octubre de 1978, p. 2.
4 Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), pp. 105-107.
5 Camino, n. 91.
6 2 Test 3: FF, 110.
7 «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 25-VIII-2006, p. 5.
8 Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), p. 38.
9 Insegnamenti di Benedicto XVI, I (2005), p. 26.
10 «L’Osservatore Romano». Edición en lengua española, 25-VIII-2000, p. 12.
12 «L’Osservatore Romano», 18-19 de junio de 2007, p. 12.
13 Ibid., p. 13.
14 Ibid., p. 13.

sabato 11 aprile 2009

Unum Omnes: yesterday, today, tomorrow


Lourdes, Cité Saint Pierre, September 22, 2008


1. Lourdes 2008: 150 years of Marian graces and thanksgiving for the Sixtieth Anniversary of Unum Omnes

So soon after His Holiness, Pope Benedict’s pilgrimage to Lourdes in occasion of the 150th anniversary of Our Blessed Mother's apparition to Bernadette Soubirous (1844-1879), we too find ourselves in this Spiritual place in order to give thanks to Our Lord and to Our Lady. We have a two-fold reason for our gratitude on this occasion. In the first place, we wish to thank Our Blessed Mother for appearing to the young Bernadette eighteen times (from February 11th until July 16th in the year 1858). We are deeply touched by her message -consisting primarily in the call for personal conversion and penance- as well as those special words she pronounced to Bernadette on March 25, 1858. That very day in which the Church commemorates the Solemnity of the Annunciation, the Blessed Virgin said, referring to herself: "I am the Immaculate Conception".
The second reason for our thanksgiving is for the 60th anniversary of the foundation of the International Council of Catholic Men - Unum Omnes, which held its Founding Assembly at Lourdes in September of 1948. Thus, all of you as representatives from the member Federations have wished to meet precisely here in order to commemorate this special reoccurrence.
First of all, on behalf of His Eminence Cardinal Stanislaw Rylko, President of the Pontifical Council for the Laity, and myself, I wish to convey our heartfelt congratulations to all the participants of this meeting, who have come to together to reflect on the path that Unum Omnes has chartered up until now, and to ponder the future of your Federation.
It is worthy to note that since its very beginning Unum Omnes has received papal encouragement. In this regards, we can gratefully recall how Pius XII approved the initial idea of the Federation, and in 1956 affirmed: "Your Federation occupies an important place among International organizations, and this equality in status enables you to exercise your influence among the other official International organisations"[1].
During the course of your history, you have been front line protagonists in one of the greatest ecclesial events of the 20th century, the Second Vatican Council[2]. In fact, some members of Unum Omnes actively participated in the elaboration of two important council documents: the pastoral constitution on the church in the modern world, Gaudium et spes and the Decree on the apostolate of lay people, Apostolicam actuositatem, which I will make reference to shortly.



2. The vocation of the lay faithful in the light of the Church's Magisterium

In the apostolic letter Novo millennio ineunte (6 January 2001), the servant of God John Paul II stressed the importance of appreciating every type of Christian vocation in the Church, as each is grounded in the new and definitive life as children of God in Christ through the reception of the sacrament of Baptism (n. 46/c). To better understand the significance of the vocation of the lay faithful in the Church and in the world, we must rediscover the richness of the conciliar teachings and the Magisterial teachings that followed this event. In fact, John Paul II and Pope Benedict XVI have continually invited us to do so, being convinced that a rediscovery of the teachings of Vatican II and their proper receptivity would be of great benefit for the renewal of the Church.
In the apostolic exhortation Christifideles laici, of which we will celebrate its twentieth anniversary this December, John Paul II wrote: "It is no exaggeration to say that the entire existence of the lay faithful has as its purpose to lead a person to a knowledge of the radical newness of the Christian life that comes from Baptism, the sacrament of faith, so that this knowledge can help that person live the responsibilities which arise from that vocation received from God. In arriving at a basic description of the lay faithful we now more explicitly and directly consider among others the following three fundamental aspects: Baptism regenerates us in the life to the Son of God; unites us to Christ and to his Body, the Church; and anoints us in the Holy Spirit, making us spiritual temples" (n. 10).
The sacrament of Baptism constitutes a total rebirth by means of the water and the word, a regeneration of the person into the world in which the old man is transformed into the new. The Holy Spirit makes us adopted sons of the Father in the Son and we become members of the body of Christ, and also members of the body of the Church, the new people of God as St. Paul so often mentioned in his letters.

The baptized also become spiritual temples and are made sharers in the triple function of Jesus Christ as priest, prophet and king. It should be recalled that with the reception of the sacrament of Baptism the laity are charged with a universal call to holiness (LG, n. 39-42) and with a call to the apostolate (LG, n. 33). In fact, the right to establish associations of the lay faithful is ultimately derived from the sacrament of Baptism as this makes the laity co-responsible in the mission of the Church (AA, n. 19; CIC, can. 215 e 299, par. 1; CCEO, can. 18).
It is worth noting that the ecclesiology of Vatican II brought a welcomed change with regards to the concept of the laity. Before, a lay person was defined as a Christian who did not pertain to the clerical state, that is, as one who has received baptism and confirmation, but not Holy Orders, or has not taken vows as a religious. Consequently, the defining of the lay state in a negative way, or by exclusion, did not render the proper respect for the status of the lay faithful, who in fact, make up the great majority of the people of God. It is enough to recall that the Code of Canon Law of 1917 dedicated only two specific canons to the laity and one of them consisted in the prohibition for any lay person to wear the ecclesial habit (Cf. can. 683)!
Vatican II certainly favoured a more positive approach to the concept of the laity. In dogmatic Constitution Lumen Gentium we read: "The term laity is here understood to mean all the faithful except those in holy orders and those in the state of religious life specially approved by the Church. These faithful are by baptism made one body with Christ and are constituted among the People of God; they are in their own way made sharers in the priestly, prophetical, and kingly functions of Christ; and they carry out for their own part the mission of the whole Christian people in the Church and in the world" (n. 31/a).
The same ecclesial document goes on to clarify the nature of the lay vocation and in what it consists: "What specifically characterizes the laity is their secular nature (...). The laity, by their very vocation, seek the kingdom of God by engaging in temporal affairs and by ordering them according to the plan of God. They live in the world, that is, in each and in all of the secular professions and occupations. They live in the ordinary circumstances of family and social life, from which the very web of their existence is woven. They are called there by God that by exercising their proper function and led by the spirit of the Gospel they may work for the sanctification of the world from within as a leaven" (n. 31/b).
As we have just heard, the vocation of the lay faithful in the Church is characterized by this secular trait. The lay faithful are men and women, common Christians who live out their vocation in the world, in the most varied human circumstances and situations. The world, which comes forth from the hands of God becomes the theological locus of the lay person as it is there where God calls him to become holy. In this perspective, the world is not to be an obstacle to Christian perfection, but rather, the place willed by God for the lay person to grow in holiness and to build up the world from within, leading it back to God.
The apostolic exhortation Christifideles laici deepens these conciliar teachings regarding the secular dimension which is the particular characteristic of the ecclesial status of the laity. In the words of John Paul II, the laity “are persons who live an ordinary life in the world: they study, they work, they form relationships as friends, professionals, members of society, cultures, etc” (ChL, n. 15/g).
The teachings of Vatican II and the Magisterium that followed are very clear about the vocation of the lay faithful. Nonetheless, in the years following the Council, there could be noted a tendency on the practical level of entrusting to the laity the pastoral functions that were more proper to the priestly ministry, especially in matters that regarded the liturgy, but not only this. In doing so, it seemed to obscure the secular dimension of the lay faithful to the point of being able to speak of a "clericalization of the laity" in which many lay faithful were being absorbed into ecclesial structures.
Some people thought that a shortage of priestly vocations rendered it necessary to delegate to the laity of the Christian community some of those tasks that are intrinsically linked to the sacred duties of pastors. For others, the delegation of roles proper to the priest to the laity was considered as a response to the need of better appreciating the role of the laity in the Church. Before these two ways of thinking, it should be stated that Church practice allows for the laity to collaborate in the priestly ministry in particular cases and under certain conditions. On the one hand, it is necessary to keep in mind that the lay faithful per se don't constitute a sort of "emergency priesthood". Thus, they should not be considered as "substitute priests" simply because they are called upon to fill in when a priest is lacking. On the other hand, in order to truly appreciate the role of the laity in the Church, it is not necessary that the lay faithful become so involved in priestly functions to the point of obscuring the essential difference between the ministerial priesthood and the common priesthood of the faithful, as the former "are conferred a sacred power for the service of the faithful" (Catechism of the Catholic Church, n. 1592).
It should be noted that the collaboration of the laity in the priestly ministry has a temporal character in order to meet a passing emergency. As John Paul II stated: "the same norms of the Code of Canon Law have offered new possibilities, but they need to be applied correctly, in order to avoid an ambiguous generalization in which particular normative solutions that apply to extraordinary situations or where there is an absence or scarcity of sacred ministers are considered as 'ordinary and normal' solutions (...). Every action and ecclesial function of the laity -even those in which they are asked to supplement the work of the Pastors in as much as it is possible- are ontologically rooted in the common priesthood of the faithful and not an ontological participation (neither temporary or partial) in the ordained ministry proper to the presbyterate. It is clear then, that if Pastors have entrusted to them, in an extraordinary way, some of the tasks that are ordinarily and properly connected to those of the priestly ministry, but do not require the character of Holy Orders, the laity should know that this is essentially rooted in the common priesthood which they received in Baptism, and not anything else. It should always be remembered that "the exercise of such tasks does not make Pastors of the lay faithful: in fact, a person is not a minister simply in performing a task, but through sacramental ordination" (John Paul II, Christifideles laici, n. 23)[3].
To further clarify this point about the collaboration between the lay faithful and the priestly ministry, The Holy See issued an Instruction in 1997 (signed by the heads of eight dicasteries)[4], with clear and precise norms regarding this theme, which I invite you to read.
In his encounter with the French bishops here in Lourdes this past September 14th, the Holy Father also stressed that "It can never be said often enough that the priesthood is indispensable to the Church, for it is at the service of the laity. Priests are a gift from God for the Church. Where their specific missions are concerned, priests cannot delegate their functions to the faithful".
Another situation that you find recently is the fact that some laity who are involved in certain associations of lay faithful have abandoned their professional work in the public square in order to live a life very similar to that of monasticism. What can be said about this? It is a difficult question that merits a deeper analysis. However, I think that it is safe to say that in a way it verifies a certain misunderstanding about the true significance of the secular nature of the vocation of the lay faithful. Regarding this, we read in Christifideles laici that: "The 'world' becomes the place and the means for the lay faithful to fulfil their Christian vocation, because the world itself is destined to glorify God the Father in Christ. The Council is able then to indicate the proper and special sense of the divine vocation which is directed to the lay faithful. They are not called to abandon the position that they have in the world. Baptism does not take them from the world at all, as the apostle Paul points out: 'So, brethren, in whatever state each was called, there let him remain with God' (1 Cor. 7:24). On the contrary, he entrusts a vocation to them that properly concerns their situation in the world" (CfL, n. 15/h).
The situation mentioned above shows how the teachings of Vatican II merit a more profound and attentive study so as to rediscover the nature and richness of the lay vocation.


3. The specific contribution that Catholic men have made in the Church and in civil society

If we have pinpointed the secular character as the distinctive feature of the vocation of the lay faithful and its spirituality, then the consequence is that this calling should provoke them to take action in the different secular fields of social, family, professional, cultural and political life, in order to evangelize these areas.
The lay vocation is carried out in temporal realities, that is to say, in the "world". The laity are called to become "the salt of the earth and the light of the world" (Mt 5, 13-14) in the circumstances of ordinary life that surround them. Consequently, the Church is not indifferent to these circumstances, but rather feels herself immersed within them. Regarding this reciprocal relationship between the Church and the world, Gaudium et spes states: "The Church, at once ‘a visible association and a spiritual community’, goes forward together with humanity and experiences the same earthly lot which the world does. She serves as a leaven and as a kind of soul for human society as it is to be renewed in Christ and transformed into God's family" (n. 40/b). It is interesting to observe that Gaudium et Spes uses these two images: the leaven and the soul, one material and the other spiritual. In fact, the lay faithful are in the world as the leaven that ferments the body and in doing so becomes mixed together to become one with it (Mt. 13, 33; Lk. 13, 21). The image of a kind of soul for human society recalls the words of the Epistle of Diognetus, a short letter by an anonymous Christian around the second century, written to explain and defend the Christian faith: "What the soul is for the body, the Christians are for the world"[5]. The author of this letter expresses a perennial message: a Christian must seek his sanctification while being in the world, enlightening the entire created realm with the light of Christ. The world needs to be sanctified by the testimony of the holy lives of Christians. Only the authentic Christian who lives in totality and with integrity the Gospel message is capable of effectively penetrating the world.
At this point, I think it is appropriate to share with you a quote from the homily of a saint from the twentieth century, Josemaría Escrivá (1902-1975), who states, in 1967: "God is calling you to serve Him in and from the ordinary, material and secular activities of human life. He waits for us every day, in the laboratory, in the operating theatre, in the army barracks, in the university chair, in the factory, in the workshop, in the fields, in the home and in all the immense panorama of work. Understand this well: there is something holy, something divine, hidden in the most ordinary situations, and it is up to each one of you to discover it. [...] I assure you, my sons and daughters, that when a Christian carries out with love the most insignificant everyday action, that action overflows with the transcendence of God. That is why I have told you repeatedly, and hammered away once and again on the idea that the Christian vocation consists in making heroic verse out of the prose of each day. Heaven and earth seem to merge, my sons and daughters, on the horizon. But where they really meet is in your hearts, when you sanctify your everyday lives"[6].
Along with the professional work of each day, it is also necessary to mention some other specific areas where Catholic laity need to be engaged. Many of these are listed in the apostolic exhortation Christifideles laici (n. 37-44). They are the following: the safeguarding of human dignity, the inviolable right to life from the moment of conception to natural death, respect for human rights; all that regards the advances of biological and medical science, especially in the area of reproduction; the safeguarding of the right of freedom of conscience and religious freedom; the defence of the family founded upon the marriage between a man and a woman; the freedom of education and the right of parents to educate their children according to their proper ethical and religious convictions; charity for one's neighbour; participation in politics; the creation and transmission of culture. These, among others still, are the fields of Christian mission that especially require specific attention on the part of the lay faithful.


4. International associations of lay faithful today

As you well know, the Pontifical Council for the Laity has approved the new statutes of Unum Omnes as an international association of the faithful with the decree of May 27, 2007. This is certainly a significant event, as it reinforces the tie of your federation with the Holy See, and specifically, with the Dicastery whose competence is that of following with attention the apostolic work of associations of the lay faithful.
The apostolate of lay associations was an object of particular attention during Vatican II in the Decree on the apostolate of the laity, Apostolicam actuositatem (n. 18-21), where it makes explicit reference to Catholic Action (n. 20). What can we say about this today- more than forty years since the publication of this council document? Perhaps what should be stressed is the importance of promoting and adequately accompanying these associations as they are realities at the service of communion in the Church. In the apostolic letter Novo Millenio Inuente, John Paul II pointed out that "an important aspect of communion is the promotion of forms of association, whether of the more traditional kind or the newer ecclesial movements, which continue to give the Church a vitality that is God's gift and a true 'springtime of the Spirit'" (n. 46/d).
On the other hand, Unum Omnes is also an ecclesial reality that enjoys consultative status with the FAO, and subsequently, operates as a non-governmental organization (NGO) within the United Nations system. This is a highly important responsibility at the international level where the lay faithful must make their contribution to international affairs (GS, n. 90).

In order to better coordinate these efforts and to encourage greater participation of Catholic laity in international organizations, the Holy See, by means of the Secretary of State's Section for external affairs and the Pontifical Council for the Laity have taken the initiative to create a forum that gathers the various Catholic NGO's, or those of Catholic inspiration which are present at the international level, which today are quite numerous. This project in no way seeks to interfere with the legitimate autonomy and the responsibilities proper to each organization. Rather, it seeks to place these associations in contact with each other, which perhaps previously were unknown to each other as so many of them are quite new, in order to build a valid synergy that favours a more incisive action and a more effective work of advocacy to the various intergovernmental organizations.


5. Conclusion: the future of Unum Omnes

I now make my concluding remarks. The sixty years of existence of Unum Omnes is not only a moment of commemoration, it is also an excellent opportunity to consider the future of your Federation, as you reflect together on various projects you wish to realize.
There are so many past members of Unum Omnes that we could recall with gratitude. It seems appropriate to mention at least one particular individual: Prof. Luigi Gedda (1902-2000), the first president of Unum Omnes, from 1948 until 1950. Doctor Gedda was an outstanding geneticist, but he is even better known for his leadership within the Italian Catholic movement. He knew how to combine his growth in the faith with social and political action, and all of this during a very difficult historical moment for his country. Let us commemorate him along with so many others who have contributed to the progress and development of Unum Omnes.
As may recall, during the thirtieth anniversary of Unum Omnes, the servant of God, John Paul II stressed “the need for Catholic men to exercise an active presence in the world and the need for their Christian witness and their apostolic action so that the Church, as leaven, can truly penetrate the whole of society and all of its dimensions which today are often marked by ideologies so foreign to the spirit of the Gospel”.[7]
Let us place all of these intentions in Mary's hands. In his recent homily during the Eucharistic Celebration marking the 150th anniversary of the apparitions of the Blessed Virgin Mary (14 September, 2008), Pope Benedict XVI said: "Mary accompanies us with her maternal presence amid the events of our personal lives, our family lives, and our national lives. Happy are those men and women who place their trust in Him who, at the very moment when he was offering his life for our salvation, gave us his Mother to be our own!".
Thank you very much!



[1] PIUS XII, Address to the Council of the International Federation of Catholic Men, 8 December, 1956, in Discorsi e radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, XVIII, p. 705.
[2] For a current analysis of Vatican II, cf. BENEDICT XVI, Christmas Address to members of the Roman Curia, 22 December, 2005 in Insegnamenti di Benedetto XVI, I (2005), pp. 1018-1032; see also: Il Concilio Vaticano II. Ricezione e attualità alla luce del Concilio (ed. Rino Fisichella), Cinisello Balsamo 2000.
[3] JOHN PAUL II, Address to the Symposium on the Participation of the lay faithful in the priestly ministry, 22 April, 1994, in Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XVII, I (1994), pp. 980-981.
[4] Cf. Instruction Ecclesiae de mysterio on certain questions regarding the collaboration of the non-ordained faithful in priestly holy orders, 15 August 1997, in AAS 89 (1997), pp. 852-877.
[5] Epist. ad Diognetum, 6: Funk, I, p. 400.
[6] Conversations with Monsignor Escrivá de Balaguer, Dublin 1968, n. 114 and 116.
[7] JOHN PAUL II, Speech to the International Federation of Catholic Men Unum Omnes, 28 October, 1978, in Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), p. 71.

domenica 22 marzo 2009

Il Cammino Neocatecumenale visto dal Pontificio Consiglio per i Laici


(Nota: Aunque el contenido de esta entrevista ha quedado en parte superado, teniendo en cuenta que los Estatutos del Camino Neocatecumenal fueron aprobados en forma definitiva con Decreto del Consejo Pontificio para los Laicos de 11 de mayo de 2008, considero que comprende aspectos invariables, que pueden resultar de interés para el lector).


Intervista rilascita a Stefano Caredda il 27 ottobre 2006


Monsignor Miguel Delgado Galindo è Capo Ufficio al Pontificio Consiglio per i Laici, il dicastero vaticano che si occupa dei rapporti con le realtà ecclesiali. Ha vissuto in prima persona, lavorandoci, l'iter che ha portato alla redazione e all'approvazione –“ad experimentum” per cinque anni- dello Statuto del Cammino Neocatecumenale. A lui le nostre domande sul passato, il presente e il futuro dell'itinerario di formazione iniziato da Kiko Arguello e Carmen Hernández.


Quali sono stati i punti sui quali nei cinque anni ci si è confrontati con gli iniziatori del Cammino?

Per l'avvio di quell'iter fondamentale fu la volontà di Giovanni Paolo II, che dopo aver incontrato gli iniziatori del Cammino formulò il desiderio che si procedesse alla redazione di uno Statuto nel quale mettere per iscritto gli elementi giuridici presenti nella realtà del Cammino Neocatecumenale. Il papa considerava quella una occasione di forte maturità. Da quel momento iniziò una fase di lavoro più intensa, avviata nel 1997, durante la quale ci si confrontò direttamente con l'équipe responsabile del Cammino, alla ricerca della figura giuridica più adeguata alle caratteristiche del Cammino. Non un compito facile, perché con molta nettezza gli iniziatori affermarono immediatamente che nessuna delle figure giuridiche previste dal Codice di Diritto Canonico (1983) era confacente alla natura del Cammino. I lavori subirono una nuova accelerazione con la lettera inviata da Giovanni Paolo II al cardinale Stafford, allora presidente del Pontificio Consiglio per i Laici, nella quale il papa ribadiva la competenza a tal proposito di quel dicastero vaticano e chiedeva in tempi brevi di arrivare all'approvazione di uno Statuto. Nuove riunioni vennero subito organizzate per portare a compimento il desiderio di Giovanni Paolo II.

Al momento della cerimonia di consegna dello Statuto approvato, il cardinale Stafford ricordando l'intero iter ha parlato di dialogo vivace e a volte anche difficile con i responsabili del Cammino. Non è stato un percorso in discesa, quindi. Che successe?

Il punto è che non si trattava di un compito facile: in fondo non è mai agevole il percorso che porta all'istituzionalizzazione di un carisma. Il dialogo fu senza dubbio vivace, ma anche sincero, da entrambe le parti. Il Pontificio Consiglio illustrava le proprie competenze, gli iniziatori manifestavano la natura del carisma che sta alla base del Cammino, permettendoci di capirlo meglio. Furono incontri capaci di facilitare molto la reciproca conoscenza.

Lei personalmente aveva già avuto modo di conoscere il Cammino?

Si, in Spagna. Allora lavoravo come sacerdote e conobbi alcune persone del Cammino.
Ma gli iniziatori no, loro li ho conosciuti qui.

Ci sono stati dei contributi a questo lavoro da parte delle altre Congregazioni vaticane?

Assolutamente si. È stato un lavoro di collaborazione continuo e proficuo: del resto nello Statuto non si affronta ciò che è di piena competenza di queste congregazioni. Naturalmente però la reciproca collaborazione è stata ed è tuttora doverosa, tanto con la Congregazione per il Culto Divino e la Disciplina dei Sacramenti, tanto con quella del Clero (in merito all'accenno che necessariamente si doveva fare nello statuto per ciò che riguarda i seminari Redemptoris Mater) e tanto con quella della Dottrina della Fede (per quanto concerne l'approvazione almeno provvisoria di questo itinerario di formazione).

Il 29 giugno 2002 questo iter veniva completato. Lo Statuto era approvato con l'obiettivo di regolamentare la prassi del Cammino e garantirne il corretto inserimento nel tessuto ecclesiale. L'approvazione avvenne però con la formula "ad experimentum". Quale ne è il senso, e avviene così -di solito- anche per le altre realtà?

Si, generalmente si segue lo stesso percorso con tutte le associazioni internazionali riconosciute dal Pontificio Consiglio. Questo percorso prevede per tutti l'approvazione degli Statuti con la formula “ad experimentum”: è una fase di "rodaggio" che, prolungata per un periodo di tempo non breve (non uno o due anni, ma cinque), sappia fornire indicazioni sull'applicazione concreta. Ciò consente alle realtà approvate di continuare il loro sviluppo nel locale, di confrontarsi con i vescovi diocesani, di proseguire nel rapporto di stretta vicinanza con questo Pontificio Consiglio e di valutare esse stesse cosa fare alla scadenza del tempo stabilito; se cioè chiedere qualche modifica allo Statuto oppure la sua approvazione definitiva. Naturalmente, sia chiaro che quando parlo di approvazione definitiva non intendo dire che una volta giunta quest'ultima non si possano più fare modifiche allo Statuto: se sono necessarie, esse vengono concordate di buon grado. Ma nondimeno con l'approvazione definitiva la realtà ecclesiale raggiunge un aspetto definito.

Lo Statuto del Cammino è uno strumento giuridico che -disse il cardinale Stafford- "non può costituire un orientamento sistematico in materia dottrinale, catechetica e liturgica". Per tutti questi aspetti lo Statuto rimanda al Direttorio Catechetico, che attende l'approvazione congiunta delle congregazioni competenti. Perché questa approvazione definitiva non è ancora arrivata?

Vede: il Direttorio, cioè tutti i volumi che lo contengono, sono stati approvati provvisoriamente dalla Congregazione per la Dottrina della Fede. È vero però che, come disse il cardinale Stafford, essi devono essere approvati definitivamente e anche in forma congiunta con la Congregazione per il Culto Divino e con la Congregazione per il Clero. La lettera del cardinale Arinze, nella quale si danno indicazioni in materia liturgica, ha rappresentato un gradino in più, un tassello ulteriore che si è aggiunto all'intero mosaico in costruzione. Tutto questo percorso porta via certamente molto tempo, anche perché i responsabili del Cammino devono avere contatti con ogni dicastero, trattando con ciascuno i temi di loro competenza.

Il fatto che il Direttorio non sia ancora stato approvato non toglie forza e pregnanza allo Statuto stesso?

È vero, all'interno dello Statuto ci sono continui rimandi al Direttorio. È però altrettanto vero che nello Statuto approvato nel giugno 2002 sono definiti molti aspetti che riguardano il modo di portare a compimento questo itinerario catechetico. La situazione è resa bene con l'esempio calzante del treno che trasporta un carico importante: c'è assoluto bisogno di persone che guidino la locomotiva (le equipes responsabili), conducendo il treno lungo i binari tracciati e avendo l'ok dei capistazione (i vescovi diocesani) ogni volta che si transita in una stazione. Come giurista riconosco anche io che la parte più importante è il contenuto, è quello che il Cammino fa nel concreto, ma non posso non sottolineare che la parte giuridica fornisce chiarimenti di primo piano riguardo al ruolo assunto dai catechisti, dai parroci, dai catechisti, dai vescovi diocesani. Persino un argomento delicato come la sostituzione di un membro dell'equipe di responsabili venuto a mancare è stata presa in considerazione e definita nel dettaglio. E sono momenti che prima o poi, nella vita di ogni realtà ecclesiale, giungono sempre. Ecco, fermo restando quanto detto prima penso che la valenza dello Statuto stia proprio in questa regolazione di aspetti di piano non secondario, quanto mai necessari e importanti.

Dunque, lo Statuto ha una sua valenza indipendentemente dalla sorte del Direttorio

Esatto.

A proposito di Direttorio, lei ha certamente avuto in mano i volumi delle catechesi, e certamente le ha lette. Quale impressione ne ha tratto?

È un vero corso di catechesi, formulato con uno stile proprio, molto personale, figlio del fatto che di nient'altro si tratta se non della trascrizione fedele delle registrazioni audio degli interventi di Kiko e Carmen effettuati nelle comunità del Cammino nel corso degli anni. E con la sola aggiunta, ovviamente, di molti rimandi al Catechismo della Chiesa Cattolica. Traspare con evidenza dalle catechesi il modo di essere degli iniziatori, la loro assoluta spontaneità nell'affrontare le cose, lo stile diretto e personale che utilizzano, tipico peraltro di chi -e ci sono anche io- ha sangue spagnolo. Sono persone che hanno un carisma e lo stanno trasmettendo con la forza della vita e delle parole, e debbo dire che personalmente ritengo della massima importanza l'apporto di Carmen. Ora, è naturale che molte persone siano attratte da questo tipo di approccio, come è anche comprensibile che per qualcuno l'impatto possa essere troppo forte, possa spaventare... anche se direi che ormai in larga misura è la stessa mentalità del tempo presente a richiedere forme colloquiali di questo tipo.

Momenti troppo forti, spaventi... Uno dei aspetti più critici del Cammino è quello dei passaggi, degli "scrutini", nei quali si entra in grande profondità nell'intimo di una persona. Si è riflettuto anche di questo durante il percorso di riconoscimento? È stata data a tutto ciò un'attenzione particolare?

Tutti gli aspetti della vita del Cammino sono stati approfonditi, e si è parlato molto anche del rispetto della persona, della sua coscienza, di tutto ciò che appartiene al foro interno e che può essere trattato in momenti comunitari alla presenza di altre persone. Di tutto questo si è discusso e su tutto questo si trovano riferimenti anche nello Statuto. Naturalmente poi nella realtà concreta molto dipende dalle persone che guidano questi incontri, dalle loro capacità e dalle loro sensibilità, e dalle stesse persone che vi partecipano, che possono avvertire alcuni interventi come invasivi. Si, questo è senza dubbio un punto delicato.

Guardiamo al futuro, ora. Il cardinale Stafford, il 29 giugno 2002, disse: "Trascorso tale periodo di cinque anni, ricorrerete al dicastero per una ulteriore conferma". Che cosa significa nel concreto? Che succederà, da qui al 29 giugno 2007? Di chi è la prima mossa?

Generalmente, nella maggioranza dei casi, le associazioni riconosciute si rivolgono al dicastero al termine del periodo di sperimentazione, informando che non si ritengono necessarie modifiche allo statuto e chiedendone dunque l'approvazione definitiva. In altri casi la stessa realtà ecclesiale, al termine dei cinque anni, evidenzia degli aspetti da modificare o da ritoccare, facendocelo presente. Nel caso del Cammino Neocatecumenale si aggiunge un altro elemento, che il dicastero dovrà valutare al momento debito: parlo dell'approvazione congiunta del Direttorio Catechetico. Questo sarà un importante elemento di valutazione per l'approvazione definitiva.

Si può ritenere che non vi sarà approvazione definitiva dello Statuto se prima non sarà arrivato l'ok congiunto delle congregazioni competenti al Direttorio Catechetico?

Questo lo si valuterà: oggi è prematuro avanzare ogni ipotesi. Manca ancora del tempo e del resto bisognerebbe capire quale è -esattamente- lo stato dell'iter di approvazione del Direttorio. Per il momento, fino al 29 giugno 2007, viviamo questa fase. Anticipare di più, al momento, non è possibile.

Attualmente, su questo specifico punto, vi sono contatti diretti con l'equipe neocatecumenale?

No, ci sono i comuni rapporti che intercorrono sempre fra il Pontificio Consiglio per i Laici e gli iniziatori. Kiko, ad esempio, ha partecipato regolarmente qualche giorno fa alla plenaria del dicastero, nella sua veste di consultore. Ma incontri comuni per impostare la conclusione del tempo “ad experimentum” non ve ne sono stati: davanti c'è ancora del tempo.

Da un punto di vista legale, è possibile il rinnovo del periodo “ad experimentum”, ad esempio per altri cinque anni?

Certamente si. Alcune realtà lo hanno anche chiesto espressamente, ad esempio nei casi in cui siano previste a breve o media scadenza appuntamenti assembleari di tale importanza che appare saggio attendere ancora prima di prendere qualsiasi decisione definitiva. In questi casi, valutata la ragionevolezza della richiesta, il Pontificio Consiglio per i Laici concede altro tempo e rinnova il periodo “ad experimentum”.

E possibile invece che non vi sia né l'approvazione definitiva né il rinnovo del tempo “ad experimentum”, e che sia disposto il riavvio completo dell'iter di riconoscimento?

No, questo no. Il riavvio completo dell'iter di riconoscimento significherebbe l'annullamento di tutto quanto fatto fino a quel momento: non sarebbe giustificabile. Certo, capita che qualche associazione si dimentichi della scadenza del periodo “ad experimentum”, e tocchi a noi ricordare loro che deve essere presentata una richiesta di approvazione definitiva o di rinnovo dell'experimentum ma neppure in questi casi il superamento della data di scadenza configura il decadimento di tutto l'iter seguito fino a quel momento.

Dunque, a rigore, il 29 giugno 2007 non è una data imperativa. Se anche non succedesse nulla fino ad allora, il giorno dopo la situazione non sarebbe mutata.

Esatto: qualora non avvenisse nulla fino al 30 giugno, quel giorno ci si troverebbe comunque nella stessa situazione del giorno prima. Non è per qualche giorno di ritardo che crolla l'intero castello. E' di giorni, al massimo qualche settimana che si parla: non di più, comunque, perchè poi naturalmente, una iniziativa vi deve comunque essere, ed è sempre realizzata dalla realtà ecclesiale. Anche noi comunque abbiamo il nostro calendario, e in assenza di un contatto, come detto, ci facciamo vivi noi per sollecitare una richiesta.

Bene, dunque la prima mossa, in vista della scadenza di giugno, spetterà al Cammino, non al Pontificio Consiglio. C'è però anche un'altra scadenza, quella fissata dal cardinale Arinze nella lettera sugli aspetti liturgici: due anni per modificare il modo di distribuire l'Eucaristia. Dunque, c'è tempo fino al dicembre 2007. Le chiedo: pensa che da un punto di vista liturgico con quella lettera la Congregazione per il Culto Divino abbia terminato il lavoro di sua competenza riguardo al Cammino? Possiamo dire cioè che in attesa delle decisioni della Congregazione per la dottrina della fede e per il clero, quella per il Culto divino ha terminato il suo lavoro?


Su questo punto non saprei dirle esattamente: la competenza è naturalmente della Congregazione, non del Pontificio Consiglio. A me pare che in quella lettera vi sia la sintesi degli aspetti più importanti, quelli basilari, ma che in vista dell'approvazione del Direttorio nulla vieta che ci si possa pronunciare anche su altri aspetti della liturgia. È una possibilità. Peraltro, su quanto finora deciso non c'è neppure bisogno di aspettare due anni prima di uniformarsi nel modo di ricevere la comunione: le indicazioni contenute nella lettera del cardinale Arinze sono chiarissime. La si conosce, e dunque la si può anche applicare subito. Ma d'altronde le comunità neocatecumenali sono tante, e si è dato del tempo forse anche in considerazione di questo. Comunque, ogni punto affrontato in quella lettera ha una sua storia: ciò che è stato detto è stato detto, ma non è affatto scontato che sia tutto. Ma sarà solo la Congregazione del Culto Divino a potercelo dire.

Ad ogni modo, anche per le vostre decisioni, ne terrete conto.

Senza dubbio. Il nostro contatto con le altre congregazioni è costante: siamo al corrente dei passaggi che vengono attuati dalle congregazioni competenti. E al momento debito, ne terremo conto.

mercoledì 11 febbraio 2009

Poveri e Degni


Mostra fotografica "Poveri e Degni"
(Associazione Punto Cuore ONLUS,
Biblioteca Nazionale di Napoli,
18 ottobre 2007)

Distinte Autorità,
Signore e Signori,

1. Nell’imminenza della Visita Pastorale che il Santo Padre Benedetto XVI compirà a Napoli domenica prossima, 21 ottobre, questa sera viene qui inaugurata una mostra fotografica promossa dall’associazione Punto Cuore, che porta il titolo "Poveri e Degni". Questa esposizione cerca, innanzi tutto, di mettere in rilievo la bontà e, al contempo, la dignità di ogni persona umana, attraverso la fotografia. La mostra è stata presentata nel mese di giugno scorso presso il palazzo delle Nazioni Unite a Ginevra, con il patrocinio della Missione Permanente della Francia presso l’ONU. Dal 2004, infatti, Punto Cuore ha lo statuto consultivo presso il Consiglio Economico e Sociale delle Nazioni Unite (ECOSOC).
Desidero rivolgere a tutti i presenti un cordiale saluto a nome di Sua Eccellenza Mons. Stanisław Ryłko, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici, e degli altri Superiori di questo Dicastero della Curia Romana, a cui volentieri mi unisco. Un saluto particolare va indirizzato al Dr. Mauro Giancaspro, Direttore della Biblioteca Nazionale "Vittorio Emanuele III" di Napoli da più di dodici anni, che ha accolto con vivo interesse il progetto della mostra fotografica che oggi viene inaugurata in questo Istituto culturale partenopeo ormai bicentenario.


2. Punto Cuore è una realtà ecclesiale di ambito internazionale nata nel 1990 per iniziativa del sacerdote francese Thierry de Roucy, con lo scopo di dar vita a delle comunità per l’accoglienza di bambini trascurati, abbandonati o vittime della violenza. In questi diciassette anni di esistenza, l’esperienza di questa aggregazione ha coinvolto migliaia di giovani volontari (gli Amici dei Bambini), desiderosi di dedicare almeno un anno della propria esistenza ai fratelli più piccoli e bisognosi. Questa esperienza, diffusa ormai in paesi di diversi continenti del mondo, è improntata a un carisma radicato nella compassione e nella consolazione, che conduce ad offrire una presenza accogliente d’amore e tenerezza ai bambini esclusi e ai nullatenenti.
I membri e simpatizzanti di Punto Cuore offrono con grande generosità la loro personale amicizia a tante persone sole e sofferenti delle nostre città, costruendo degli utili ponti tra chi è emarginato, la Chiesa e le strutture sociali locali. Questa amicizia non vuole limitarsi al livello dell’esperienza umana, ma tende a far scoprire un amore ancora più alto, che è proprio quello misericordioso di Dio.
Bisogna sottolineare altresì che l’approccio specifico di Punto Cuore a queste realtà di bisogno è continuamente oggetto d’interesse da parte d’intellettuali, artisti, studiosi ed imprenditori, desiderosi di conoscere ed approfondire questa peculiare metodologia. È così che sono stati promossi a livello culturale incontri di studio e approfondimento allo scopo d’illuminare il mistero della persona in tutte le sue dimensioni, in vista dello sviluppo di una vera e propria "cultura della compassione".


3. Nella Costituzione pastorale sulla Chiesa nel mondo contemporaneo Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, leggiamo che la ragione più alta della dignità della persona umana «consiste nella sua vocazione alla comunione con Dio» (19/a), cioè fin dal suo nascere essa è chiamata ad avere un dialogo personale ed intimo con Dio, il suo Creatore. Noi cristiani, infatti, crediamo che ogni persona umana è stata creata, in un’atto sconfinato di amore, ad immagine e somiglianza di Dio (cfr. Gn 1, 27) e dotata altresì di un’anima razionale. Per questa ragione «l'individuo umano ha la dignità di persona; non è soltanto qualche cosa, ma qualcuno. È capace di conoscersi, di possedersi, di liberamente donarsi e di entrare in comunione con altre persone; è chiamato, per grazia, ad una alleanza con il suo Creatore, a dargli una risposta di fede e di amore che nessun altro può dare in sua sostituzione» (Catechismo della Chiesa Cattolica, 357).
La dignità umana è una qualità intrinseca della persona, non un merito acquisito da umane convenzioni, che la rende meritevole del massimo rispetto. È per questa ragione che la dignità della persona si trova al centro delle preoccupazioni della Chiesa, che non cessa di proclamarla continuamente, anche con delle manifestazioni culturali come questa esposizione.


4. Nella prima enciclica di Benedetto XVI, Deus caritas est, il Papa ha scritto che «anche nella Chiesa cattolica e in altre Chiese e Comunità ecclesiali sono sorte nuove forme di attività caritativa, e ne sono riapparse di antiche con slancio rinnovato. Sono forme nelle quali si riesce spesso a costituire un felice legame tra evangelizzazione e opere di carità» (n. 30/b). Prendendo spunto da queste parole del pontefice, possiamo ben riconoscere che le iniziative sorte in seno a Punto Cuore evidenziano un legame ben riuscito tra evangelizzazione e carità, quella "nuova fantasia della carità» di cui ci parlava il Servo di Dio Giovanni Paolo II. Una carità che si dispiega «non tanto e non solo nell'efficacia dei soccorsi prestati, ma nella capacità di farsi vicini, solidali con chi soffre, così che il gesto di aiuto sia sentito non come obolo umiliante, ma come fraterna condivisione» (Novo millennio ineunte, n. 50/b). Di questa carità il mondo di oggi ha urgente bisogno.


5. Mi resta soltanto da augurarVi che possiate gioire durante la visita di questa mostra fotografica e apprezzarla, affinché dalla contemplazione dei volti che vengono presentati ognuno possa risalire al suo Creatore.