giovedì 25 febbraio 2010

Rencontre à Jérusalem




Jérusalem, 18-22 novembre 2005




Tout d’abord je voudrais vous transmettre les salutations chaleureuses de Mgr. Rylko, le Président du Conseil Pontifical pour les Laïcs, ainsi que les miennes, à tous les participants de cette Assemblée Générale de la Conférence des Organisations Internationales Catholiques. Le thème de l’Assemblée est: “Pour une culture de la paix, aujourd’hui et toujours, ici et partout”. C’est un thème qui s’harmonise parfaitement avec la ville de Jérusalem dont le nom en hébreu signifie “ville de la paix”, et donc l’endroit idéal pour accueillir cette rencontre internationale.



Je tiens à rappeler également que le 18 novembre nous avons célébré le 40ème anniversaire de la promulgation du décret conciliaire sur l’apostolat des laïcs, Apostolicam actuositatem, qui a eu une importance fondamentale dans la vie de l’Église. C’est une heureuse coïncidence que cette assemblée ait débuté justement le jour de la commémoration de cet important document du Concile Vatican II.



Il y a quelques jours, en évoquant ce document, le Saint Père Benoît XVI rappelait: «le Concile insiste sur l’importance de l’apostolat organisé, nécessaire pour influencer la mentalité générale, les conditions sociales et les Institutions (cf. AA, n.18). À ce propos, les Pères ont encouragé les multiples associations de laïcs, en insistant également sur leur formation à l’apostolat» (Angelus, 13-11-2005).



Au sujet des multiples formes de l’apostolat organisé, nous lisons au n.19 du Décret Apostolicam actuositatem: «La mission universelle de l’Église, étant donnée la mise en place progressive des structures et l’évolution de la société actuelle, requiert de plus en plus le développement des associations apostoliques des catholiques au plan international. Les organisations internationales catholiques atteindront mieux leur but, si les groupes qu’elles rassemblent et leurs membres leur sont plus étroitement unis».



Pendant ces quarante années le travail accompli par les associations catholiques, à tous les niveaux de la vie internationale, a été remarquable. Spécialement durant le pontificat de Jean-Paul II, de nombreux de projets ont été réalisés. Remercions ensemble le Seigneur et regardons vers le futur avec confiance. Nous savons que les défis auxquels nous sommes confrontés sont importants et qu’ils doivent être abordés avec cohérence en annonçant une foi commune en Jésus-Christ. Les activités des chrétiens dans la vie publique internationale requièrent une solide formation continue car la tâche qu’ils sont appelés à accomplir est d’une importance capitale. À ce propos j’aimerais rappeler la Note doctrinale sur certaines questions regardant la participation des Catholiques dans la vie publique (24-XI-2002), de la Congrégation pour la Doctrine de la Foi, ainsi que le Compendium de la Doctrine Sociale de l’Église publié en 2004.



En conclusion, je voudrais citer cette phrase du Psaume 122,6 qui dit: «Appelez la paix sur Jérusalem». Laissons ce désir de paix se transformer en une prière que nous élevons au Prince de la paix pour qu’il concède ce don immense que nous ne pouvons pas obtenir par nos propres forces. Souvent les pèlerins s’arrêtent aux portes de Jérusalem et la saluent en disant: “shalom” (paix). Demandons donc ici, à Jérusalem, la ville où Jésus à offert sa vie au Père pour tous les hommes, la paix pour Jérusalem et pour le monde entier.

sabato 30 gennaio 2010

Le associazioni nella Chiesa



AA.VV., Le associazioni nella Chiesa, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1999, pp. 148. Recensión publicada en la revista «Ius Canonicum», XLI, 81, 2001, pp. 349-351.




Del 7 al 10 de septiembre de 1998 se celebró en Trieste el XXIX Congreso Nacional de Derecho Canónico, organizado por la Asociación Canonística Italiana. La L.E.V. ha publicado las actas de este simposio en el volumen 51 de la serie de estudios jurídicos. El libro está dedicado a la memoria del P. Guido Giustiniano, que fue Vicario Judicial adjunto de la Región Eclesiástica Campana (Nápoles) y Consejero de la Presidencia de la mencionada asociación.



Después de unas palabras de bienvenida de Mons. Eugenio Ravignani, Arzobispo de Trieste, y de Vincenzo Scancamarra, Presidente de la Asociación Canonística Italiana, Giorgio Feliciani (Universidad Católica del “Sacro Cuore” de Milán) aborda el derecho de asociación de los fieles con su correlativa exigencia de comunión eclesial. Partiendo de la normativa pre-conciliar, el A. analiza en su conferencia (El derecho de asociación en la Iglesia: autoridad, autonomía de los fieles y comunión eclesial”) algunas cuestiones de la regulación de esta materia contenida en el CIC 1983, teniendo en cuenta el Magisterio del Concilio Vaticano II y la Exhortación apostólica Christifideles laici. Entre otros aspectos, cabe destacar su consideración acerca del estrecho ligamen que existe entre el derecho de asociación, por una parte, y el derecho-deber de la misión y el derecho a la iniciativa apostólica, por otra.



Luis Navarro (Universidad Pontificia de la Santa Cruz) analiza “las formas típicas de asociaciones de fieles”, es decir, las previstas en la normativa canónica. Después de considerar la tipología del CIC 1917 (Terceras órdenes, cofradías y pías uniones) se centra en la del CIC 1983 (asociaciones públicas y asociaciones privadas -con una referencia a las asociaciones de hecho-), así como en los elementos característicos comunes del concepto de asociación, entre los que enumera: el acto constitutivo, la estabilidad, los miembros, la finalidad apropiada con la naturaleza de la Iglesia, los medios adecuados para alcanzar los fines, las normas estatutarias, los órganos de gobierno y, finalmente, la relación con la autoridad eclesiástica. El A. destaca la importancia que revisten los estatutos para que cada asociación encuentre un ropaje jurídico acorde con sus propias peculiaridades, dentro del amplio margen organizativo que ofrece el Código actual en materia asociativa.



Maria Fausta Maternini Zotta (Universidad de Trieste) considera en “las asociaciones eclesiales entre público y privado” que la persona y su libertad ocupan un lugar preeminente en la legislación canónica, poniendo de manifiesto que prevalece la esfera privada sobre la pública, en cuanto la libertad individual debe estar por encima de las exigencias de la norma positiva general por motivos espirituales. Para la A., la diferenciación entre personas jurídicas públicas y privadas reside en la distinción, no en la separación, de la función de la jerarquíía respecto a la de los fieles. Los ámbitos público y privado no pueden contraponerse en la Iglesia, sino que han de corresponder al diseño divino, aún siendo diverso el modo de realizarse. Define el pacto asociativo como el contrato plurilateral con comunión de fines, incluido también el contrato de adhesión individual de quien se asocia sucesivamente. La exclusión de un asociado es considerada como una resolución de la relación contractual.



Mons. Emilio Colagiovanni, Prelado Auditor Emérito del Tribunal de la Rota Romana, destaca en “los movimientos eclesiales entre institución y carisma” la importancia de la dimensión comunitaria presente en las nuevas tipologías asociativas que han surgido en la Iglesia durante las últimas décadas. Por su parte, el CIC 1983 ha previsto una ley-cuadro lo suficientemente flexible dentro de la cual pueden encontrar cabida algunos de los diversos movimientos eclesiales.



Domenico Mogavero (Oficina Nacional para los problemas jurídicos de la Conferencia Episcopal Italiana) trata acerca de "la condición jurídica de las asociaciones no reconocidas", entes que en el ordenamiento canónico ostentan una potencial capacidad de obrar que será sucesivamente concretada a través de la actividad de los asociados. Especial referencia viene dedicada a la debita relatio con la autoridad eclesiástica y a la administración de los bienes, así como al derecho particular de la Iglesia en Italia, ya sea canónico como concordatario.



Carlo Fusco, Abogado rotal, examina "algunas cuestiones particulares relativas a la posición jurídica de los miembros consagrados en los nuevos movimientos eclesiales", especialmente la exención del servicio militar obligatorio en Italia y el derecho a desempeñar actividades empresariales que impliquen un particular riesgo económico. Teniendo en cuenta que el vigente Concordato entre la Santa Sede y la República Italiana, de 1984, establece que los sacerdotes y diáconos, así como los religiosos que han profesado los votos pueden ser exonerados de la prestación del servicio militar, del mismo modo que los estudiantes de teología y los novicios pueden obtener prórrogas por razón de estudios al igual que los estudiantes de las universidades civiles, según el A. estas ventajas tendrían que aplicarse también a los miembros consagrados de los movimientos eclesiales. En un futuro próximo, conviene tener en cuenta sobre este particular que en Italia el servicio militar obligatorio se encuentra en fase de extinción, debido a la reforma en curso de las Fuerzas Armadas.



Dimitri Salachas (Universidad Pontificia Urbaniana e Instituto Pontificio Oriental) expone la "dimensión ecuménica de las asociaciones de fieles y las asociaciaciones interconfesionales". En relación con este tema, la normativa canónica actual no prevé expresamente la creación de asociaciones de esta naturaleza, aunque tampoco las excluye. Tomando en consideración lo señalado en los decretos del Concilio Vaticano II Apostolicam Actuositatem (n. 19) y Ad Gentes (n. 41) y algunas disposiciones de los Códigos latino (c. 755) y oriental (cc. 902-908), se podría justificar, con las debidas cautelas, la fundación de asociaciones ecuménicas en vista de la promoción de la unidad de los cristianos. Asimismo, el n. 31 de la Exhortación apostólica Christifideles laici establece que compete al Consejo Pontificio para los Laicos y al Consejo Pontificio para la Unión de los Cristianos definir las condiciones en base a las cuales pueda ser aprobada una asociación ecuménica en la que la mayoría sea católica y la minoría no católica, estableciendo también en qué casos se puede dar un juicio positivo. En cuanto a la adscripción de cristianos no católicos como miembros de pleno derecho en asociaciones de la Iglesia Católica, el A. no ve inconveniente en su incorporación a asociaciones privadas de fieles, siempre que los derechos y deberes queden bien especificados en los estatutos y se observen las disposiciones previstas en el Directorio Ecuménico (1993). Cuestión totalmente diversa es la incorporación de cristianos no católicos a las asociaciones públicas de fieles. Teniendo en cuenta que éstas actúan en nombre de la Iglesia Católica, no resulta admisible que puedan pertenecer a ellas bautizados no católicos porque no son miembros de la Iglesia. Para el A., el llamado Ecumenismo de las obras (colaboración entre católicos y cristianos no católicos en algunos terrenos concretos, por ejemplo, la defensa del derecho a la vida) podría revestir en algunos casos la forma asociativa (cfr. Encíclica Evangelium vitae, n. 91).



Mario Tedeschi (Universidad de Nápoles) trata de "la relevancia civil de las asociaciones eclesiales", centrándose en el reconocimiento de las asociaciones de fieles en el derecho italiano, con alguna referencia a los entes sin personalidad jurídica.



Finalmente, Maurizio Giordano (Presidente de la Unión Nacional de Instituciones e Iniciativas de Asistencia Social -UNEBA-) pone de manifiesto en "las organizaciones non lucrativas de utilidad social" la carencia en el ordenamiento italiano de una figura jurídica apropiada para los entes sin afán de lucro que tienen como elemento en común la solidaridad social en forma organizada. Esta falta de adecuación de la norma con la realidad -situación que existe también en otros países- obliga a los promotores de estas entidades a recurrir a las más diversas figuras existentes en la legislación: asociaciones, fundaciones, comités, cooperativas de servicios, organismos de voluntariado, etc. Pese a este inconveniente, en los últimos años se han adoptado en Italia algunas medidas legislativas de promoción del voluntariado, de la cooperación al desarrollo y sobre el régimen tributario de los entes no comerciales y de las organizaciones no lucrativas de utilidad social (ONLUS). Bajo esta categoría se incluyen diversas entidades ya existentes cuya actividad sea: asistencia sanitaria, beneficencia, educación, formación, deporte no profesional, tutela de los bienes de interés histórico, tutela del ambiente, promoción de la cultura, tutela de los derechos civiles e investigación científica.




Le associazioni nella Chiesa

giovedì 24 dicembre 2009

Justice in the sight of God



Gdansk, November 4th to 6th, 2005



First of all, I wish to give a heartfelt greeting on behalf of His Eccellency Msgr. Stanisław Ryłko, President of the Pontifical Council for the Laity, and myself to all the participants of this meeting of Presidents of the National Committees of the European Laity Forum. This meeting has as its primary purpose the preparation of the Study Assembly, which will take place in Saarbrücken on May 2006, during the 96th German Katholikentag. The motto of the Study Assembly and the next Katholikentag is the same: “Justice in the sight of God”.



In the Holy Scripture we can find the vision of God regarding justice especially in the book of the prophet Isaiah, who connects the concept of justice of God to holiness. As we read: «But, the Lord of hosts is exalted in justice, and the Holy God shows himself holy in righteousness» (Is 5, 16). In fact, God is the Most holy and all powerful. The divine power however is not arbitrary (cf. CCC, 271). The sanctity of God is manifested to humanity through justice: God rewards those who have done good deeds and punishes the evil doers at the moment of judgement.



The justice of God is not at all in opposition with His mercy toward the repented sinner. In fact, mercy is prior to justice. It is for this reason that we can surely affirm that in God mercy and justice go hand-in-hand to the point of identifying with each other. One cannot be completely understood without the other. In fact, Divine mercy toward humankind expresses the deepest sense of divine justice.



When Christians better understand how God views justice, they can better live the moral virtue of justice. As we read in the Cathechism of the Catholic Church: “Justice is the moral virtue that consists in the constant and firm will to give their due to God and neighbor” (CCC,1807). In order to reach such a goal it is needed to follow the way of charity, that is of love towards God and neighbor, without excluding anyone. In this way, once we are capable of recognizing the Paternal love God has for each one of us, then we will be able of loving others, that is our brothers and sisters giving them whatever is due.



On the upcoming 18th of November we will be celebrating the 40th anniversary of the promulgation of the Decree on the apostolate of the laity Apostolicam actuositatem of the Second Vatican Council. On the topic of Christian animation of the secular world and charitable activity, in chapter 7 and 8 of the decree, on the renewal of the temporal order and charitable word and social aid, we can find some important reflections that merit to be further explored.



In conclusion, I would like to finish by remembering our beloved Pope John Paul II here, in his dear homeland. He was called home by the Eternal Father on the eve of the IInd Sunday of Easter, the Sunday he had instituted as the Sunday of Divine Mercy. From Him we can learn his total trust in the infinite mercy of God, in the awareness that there we can find the very heart of justice. To the intercession of the Servant of God we offer the fruits of this gathering and the following one in Saarbrücken in 2006.





mercoledì 25 novembre 2009

Las asociaciones de fieles. Aspectos canónicos y civiles



Crónica del VIII Simposio Internacional del Instituto Martín de Azpilcueta (Universidad de Navarra)


1. A comienzos de noviembre, durante los días 4, 5 y 6, he tenido la satisfacción de participar en el VIII Simposio Internacional del Instituto Martín de Azpilcueta, en el campus de la Universidad de Navarra, patrocinado por el Centro Académico Romano Fundación (CARF). Las sesiones del Simposio tuvieron lugar en el Aula Magna del edificio de Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.


2. El tema del Simposio de este año, que tiene frecuencia bianual, ha sido “Las asociaciones de fieles. Aspectos canónicos y civiles”. Han participado expertos procedentes de Italia, Portugal, Suiza, Francia y España. Como se lee en el folleto explicativo del Simposio, «las asociaciones de fieles, de variedad multiforme, dan muestra de un considerable vigor en la vida de la Iglesia. La solemne proclamación del derecho de asociación de todos los fieles en el Concilio Vaticano II, así como las nuevas perspectivas abiertas para su desarrollo por la Asamblea conciliar y reflejadas posteriormente en el Código de Derecho Canónico, han hecho posible esta fecunda realidad. En la actividad de estas entidades eclesiales confluyen la iniciativa de los bautizados y la responsabilidad de los pastores. Ante la comunidad política, por su parte, las asociaciones canónicas son manifestación de la libertad de acción de los ciudadanos en el ámbito secular».


3. El Prof. Jorge Otaduy, Director del Instituto Martín de Azpilcueta declaró que estas jornadas pretenden «tomar en consideración múltiples perspectivas, canónicas y civiles, para tratar de ofrecer una panorámica completa y sistemática de este fenómeno». Por su parte, el Prof. José Antonio Fuentes, Presidente del Comité organizador del VIII Simposio afirmaba que «las asociaciones de fieles tienen gran importancia para la Iglesia y para el Estado, pues realizan muchas iniciativas de servicio al bien común» y afirmaba que «en España, muchas actividades sociales y el desarrollo de una variada actividad religiosa dependen de las asociaciones de la Iglesia» y que «sin su responsabilidad e iniciativa no se manifestaría la vida social tal y como la conocemos». Para el Prof. Fuentes, el tema del Simposio ha sido elegido porque «en la Iglesia se valora mucho la libre iniciativa y la responsabilidad de las personas»; por eso hay que «dejar libertad y favorecer esta iniciativa que, a través de diversas asociaciones, desarrolla funciones sociales».


4. En el Acto de apertura del Simposio, celebrado el miércoles 4 de noviembre por la mañana, estuvo presente la Profª. Concepción Naval, Vicerrectora de Profesorado de la Universidad de Navarra, que dirigió unas palabras de bienvenida e introdujo los trabajos del Simposio. A continuación, el Cardenal Arzobispo de Barcelona, el Emmo. y Revmo. Sr. Lluís Martínez Sistach, presentó la conferencia titulada “Las asociaciones de fieles en la vida de la Iglesia”. Hay que destacar que el Cardenal Arzobispo de Barcelona es un experto en este tema. Es autor de la monografía que lleva por título Las asociaciones de fieles, que ha alcanzado cinco ediciones en lengua castellana y ha sido traducida al italiano, al alemán y al inglés. La conferencia de la Profª. Ombretta Fumagalli Carulli, Catedrática de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica del “Sacro Cuore” de Milán, versó sobre “El derecho de asociación en la Iglesia”. Con la intervención del Sr. D. Fernando Lozano Pérez, titulada “Intervención de la autoridad eclesiástica en las asociaciones de fieles”, concluyó la sesión matutina del primer día del Simposio. D. Fernando es el actual Secretario Técnico de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal Española. Es también Profesor de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Comillas.


5. La sesión vespertina se inició con la intervención de la Sra. Dña. Ana Álvarez de Lara, Secretaria Nacional de Manos Unidas, con el título “Asociaciones canónicas y acción social de la Iglesia: la realidad de Manos Unidas”. Manos Unidas es una asociación nacional de fieles que ha cumplido cincuenta años de existencia y trabaja en la erradicación de la pobreza y el hambre, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia. Entre sus proyectos destacan los relativos a la educación, la sanidad, la agricultura y la promoción social de la mujer. A continuación, el Prof. Jesús Bogarín Díaz, Profesor titular de Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Huelva, presentó la conferencia “Eficacia civil de los actos administrativos canónicos en materia de asociaciones”.


6. La mañana del segundo día del Simposio, 5 de noviembre, registró tres intervenciones. La Profª. Carmen Garcimartín, Profesora titular de Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Coruña presentó el tema “Cuestiones registrales relativas a las asociaciones canónicas”. La Profª. Carmen Peña, Profesora de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Comillas disertó sobre “El Derecho particular de España sobre las asociaciones de fieles”. Finalmente, la Dra. María Areitio, de la Asociación Misionera Servidores del Evangelio de la Misericordia de Dios conferenció acerca del “Derecho de asociación y vida consagrada”. Al inicio de la tarde me correspondió tratar de las “Asociaciones internacionales de fieles”. Mi exposición se dividió en estos cinco temas: La dimensión internacional del fenómeno asociativo en la Iglesia; Las organizaciones internacionales católicas y el Directorio de 1971; La nueva época asociativa de los fieles laicos y la nueva legislación de la Iglesia; ¿Una ley especial para los movimientos eclesiales? y Asociaciones internacionales e Iglesias particulares. Seguidamente, el Prof. Arturo Cattaneo, Profesor en la Facultad de Derecho Canónico San Pío X de Venecia, trató sobre las “Cuestiones canónicas planteadas por los nuevos movimientos eclesiales”. El Prof. Cattaneo dedicó su intervención a considerar las principales características de los movimientos eclesiales, así como algunas cuestiones específicas, como la incardinación de los sacerdotes en los movimientos eclesiales y la pertenencia de miembros Institutos de vida consagrada o de Sociedades de vida apostólica.


7. La mañana del último día se inició con la ponencia del Prof. Jesús Miñambres, Profesor de Derecho Patrimonial Canónico de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, acerca del “Régimen patrimonial de las asociaciones canónicas”, a la que siguió la del Prof. Miguel Rodríguez Blanco, Catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alcalá de Henares, sobre "Medidas de fomento y promoción en materia de asociaciones: régimen fiscal y mecenazgo". Finalmente el Prof. Juan González Ayesta, Profesor de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra y Vocal del VIII Simposio, sintetizó los principales temas tratados durante las jornadas. El Simposio finalizó con unas palabras del Prof. Jorge Otaduy, Director del Instituto Martín de Azpilcueta.


8. Considero muy enriquecedora mi participación en este Simposio por los temas que se abordaron acerca de las asociaciones de fieles, así como por el alto nivel científico de las intervenciones que escuché. Confío en que las actas del Simposio puedan publicarse lo antes posible, para que estén a disposición tanto de los especialistas en esta materia, como de todas las personas interesadas en estas cuestiones.


domenica 18 ottobre 2009

L’inserimento dell'Unione dell'Apostolato Cattolico nella Chiesa


Grottaferrata, 29 dicembre 2005



1. Introduzione

Desidero, innanzi tutto, rivolgere a tutti i partecipanti di questa I Assemblea generale dell’Unione dell’Apostolato Cattolico, radunatasi qui a Grottaferrata nel Centro di Spiritualità San Vincenzo Pallotti, un cordiale saluto a nome di Sua Eccellenza Mons. Stanisław Ryłko, Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici, a cui volentieri mi unisco. Saluto anche i membri del Consiglio di Coordinamento Generale attuale e i Presidenti dei Consigli di Coordinamento Nazionali, che prendono parte a questo incontro con lo specifico compito di eleggere un nuovo Consiglio di Coordinamento Generale.

Il tema che mi è stato affidato: “L’inserimento dell’Unione dell’Apostolato Cattolico nella Chiesa”, è senza dubbio un argomento molto interessante sia dal punto di vista teologico che canonico. Vorrei chiarire però, sin d’ora, che l’utilizzo del termine “inserimento” può rivelarsi per certi versi equivoco, dato che l’Unione dell’Apostolato Cattolico è stata già inserita nella Chiesa con il decreto del 28 ottobre 2003, con il quale il Pontificio Consiglio per i Laici ha eretto l’Unione in associazione pubblica internazionale di fedeli. È per questo motivo che, a mio giudizio, l’espressione “inserimento” non è del tutto adeguata. Se per inserimento si volesse intendere “l’integrazione”, o “l’adattamento”all’interno delle singole Chiese particolari dei membri di associazioni e movimenti ecclesiali già riconosciuti dall’autorità competente della Chiesa, tale espressione non renderebbe giustizia a questi fedeli, che già da tempo vivono la propria fede e operano con senso di comunione nelle rispettive Chiese particolari. Ancor meno sarebbe appropriato l’ uso di questo termine se con esso si volesse indicare l’inclusione nelle Chiese particolari dei diversi carismi elargiti dallo Spirito Santo alla Chiesa, come se tali carismi fossero qualcosa di accessorio o secondario da incorporare in un insieme di per sé già completo.

Parlando di inserimento, in questa sede, ci si riferisce senza dubbio all’inserimento nella Chiesa particolare di una determinata realtà di origine carismatica, ma vorrei precisare che ciò a cui mi riferisco utilizzando questo termine è più specificamente lo spiegamento di tutte le virtù che possiede in sé un carisma al servizio dei membri del Popolo di Dio.


2. Storia dell’Unione, carisma e istituzione nella Chiesa

Vorrei offrirvi alcuni spunti di riflessione che possano esservi utili non solo per i lavori congressuali, ma anche per l’avvenire. A tal fine ritengo opportuno ritornare alle origini e all’identità dell’Unione dell’Apostolato Cattolico. Per questo mi avvarrò della bellissima biografia San Vincenzo Pallotti, romano, pubblicata nel 2004 da don Francesco Amoroso, SAC, e in particolare del capitolo 9, intitolato “Genesi e ampiezza dell’apostolato del Santo”, dedicato alla nascita dell’Unione1. Bisogna rilevare innanzi tutto che essa è, sopra ogni cosa, frutto del grande amore di San Vincenzo Pallotti verso Dio. L’apostolato del cristiano è, infatti, secondo il santo, la logica conseguenza di un intenso amore per Dio, che è al contempo amore per le anime. San Vincenzo, fortemente convinto che il cristiano abbia il dovere di cercare una profonda identificazione con Gesù Cristo, considerava l’apostolato «la continuazione dello stesso apostolato di Gesù Cristo»2.

Nel 1835 si concretizza ufficialmente una realtà che già da tempo esisteva nel cuore di San Vincenzo Pallotti. Sin dalla sua nascita, l’Unione si delinea come un’aggregazione a cui possono aderire laici, uomini e donne, sacerdoti secolari e religiosi. Significativa è, pertanto, la presenza di fedeli di questi tre stati di vita. Tra i membri della “prima ora” spicca la figura di Giacomo Salvati, un commerciante romano che, insieme alla sua famiglia, fu un fedele collaboratore di san Vincenzo nella guida delle prime opere dell’Unione. Certamente non mancò un valido sostegno anche da parte di molte donne come Maddalena Salvati, moglie di Giacomo, e sua figlia Camilla, Elisabetta Cozzoli, Elisabetta Sanna, e molte altre. Con il passare degli anni, nascono in seno all’Unione una Società di vita apostolica, oggi denominata Società dell’Apostolato Cattolico, due Istituti religiosi femminili (la Congregazione delle Suore dell’Apostolato Cattolico e la Congregazione delle Suore Missionarie dell’Apostolato Cattolico), oltreché numerose comunità destinate a fedeli laici di ogni stato di vita e condizione sociale.

Nel 2005 si celebra il 170° anniversario della fondazione dell’Unione. Senza dubbio questa ricorrenza è una preziosa opportunità per ringraziare il Signore, come pure per approfondire la missione di questa realtà ecclesiale, che ebbe inizio per ispirazione divina. Nel Catechismo della Chiesa Cattolica leggiamo: «Straordinari o semplici e umili, i carismi sono grazie dello Spirito Santo che, direttamente o indirettamente, hanno un’utilità ecclesiale, ordinati come sono all’edificazione della Chiesa, al bene degli uomini e alle necessità del mondo» (n. 799). Un carisma, pertanto, è una grazia speciale (gratia gratis data), diversa dalla grazia santificante (gratia gratum faciens), che lo Spirito Santo elargisce non solo per la santificazione di una comunità di fedeli, ma anche per il bene comune dell’intera comunità ecclesiale.

È interessante osservare che San Tommaso d’Aquino, nelle sue opere, non adopera il termine “carisma”, ma utilizza, in sua vece, l’espressione gratia gratis data, che è la grazia mediante la quale l’uomo aiuta un’altro uomo a tornare a Dio. Questa grazia non si concede per la santificazione della persona che la riceve, ma per cooperare alla santificazione degli altri (Sum. Th., I-II, q. 111, a. 1, resp.).

Nei diversi documenti del Concilio Vaticano II, di cui l’8 dicembre scorso abbiamo celebrato in modo solenne il 40º anniversario della sua conclusione, viene messa in luce l’importanza dei carismi nella strutturazione della Chiesa e nella sua missione3.

Riprendendo gli insegnamenti conciliari, nell’Esortazione apostolica post-sinodale Christifideles laici, Giovanni Paolo II ebbe a scrivere che «i carismi vanno accolti con gratitudine: da parte di chi li riceve, ma anche da parte di tutti nella Chiesa. Sono infatti, una singolare ricchezza di grazia per la vitalità apostolica e per la santità dell’intero Corpo di Cristo: purché siano doni che derivino veramente dallo Spirito e vengano esercitati in piena conformità agli impulsi autentici dello Spirito» (n. 24). Questo duplice ringraziamento per i carismi, che riguarda sia coloro che li ricevono in un modo più diretto, sia tutti i membri del Popolo di Dio, è il punto di partenza del cosiddetto “inserimento” nelle Chiese particolari di quelle realtà che hanno origine da uno specifico carisma.

È certamente competenza dell’autorità ecclesiastica esaminare l’autenticità dei carismi e garantire il loro uso ordinato nella Chiesa. Questo compito si può denominare “discernimento”, o anche “accompagnamento”. In ogni caso, l’autorità della Chiesa ha sempre il grave onere di non spegnere lo Spirito, ma di vagliare ogni cosa e preservare ciò che è buono (1 Tes 5, 19.21).

In seguito al Concilio Vaticano II, e persino prima, si è scritto molto circa il rapporto esistente tra carisma e istituzione nella Chiesa. Alcuni autori ritengono che ci sia una presunta incompatibilità tra la dimensione istituzionale e la dimensione carismatica, adducendo che la spontaneità del Popolo di Dio prevale sull’istituzione, la quale invece tende a opprimere l’azione dello Spirito nella Chiesa.

Gérard Philips (1899-1972), teologo belga che partecipò attivamente all’ultimo Concilio ecumenico, scrisse nel suo trattato sulla Chiesa: «I servizi gerarchici e i doni puramente carismatici si completano reciprocamente. Quando l’esercizio del ministero si allontana troppo dallo Spirito, si affacciano minacciosi l’irrigidimento e la sterilità. Ma quando il carisma si rivolta contro l’autorità siamo sull’orlo dell’abisso, dove regna il disordine, l’illuminismo e la confusione»4. Una valutazione spassionata e obiettiva di queste parole, scritte quasi quarant’anni fa, ci rivela quanto siano vere!

Nel 1998, l’allora Cardinale Joseph Ratzinger volle sottolineare che la contrapposizione dualistica tra la dimensione istituzionale e la dimensione carismatica all’interno della Chiesa descrive in modo insufficiente la realtà stessa della Chiesa. Trattando il tema del sacramento dell’Ordine, egli affermava che il sacro ministero deve essere inteso e vissuto carismaticamente. Il sacerdote dev’essere un homo spiritualis, che si lascia trascinare dallo Spirito Santo5, e aggiungeva: «là dove il ministero sacro sia vissuto così, pneumaticamente e carismaticamente, non si dà nessun irrigidimento istituzionale: sussiste, invece, un’interiore apertura al carisma, una specie di “fiuto” per lo Spirito Santo e il suo agire. E allora anche il carisma può nuovamente riconoscere la sua propria origine nell’uomo del ministero, e si troveranno vie di feconda collaborazione nel discernimento degli spiriti»6.

Alla luce di queste parole, ritengo che il compito delle Chiese particolari nel processo di inserimento di un carisma, consista proprio nell’aiutare i propri membri, sacerdoti e laici – tenendo conto che i religiosi hanno già un carisma dato – a vivere la propria vocazione cristiana pneumaticamente, cioè in un modo aperto allo Spirito. Questa sarà sempre una sfida per tutti i carismi.

Va evidenziato che i carismi hanno bisogno di una struttura giuridica determinata. Tale struttura dovrà essere una configurazione adatta alla natura propria del carisma, che possa favorire il suo inserimento nel tessuto ecclesiale e il suo sviluppo futuro. D’altro canto, non bisogna perdere di vista che questa struttura non si identifica con il carisma stesso, ma si limita ad essere semplicemente una veste. In altre parole, il migliore vestito, nonostante sia stato confezionato su misura della persona che lo indossa, non è la persona stessa, ma si limita a vestirla. Questa è la valenza e, allo stesso tempo, il limite della missione di qualsiasi istituto giuridico nei confronti di un carisma.


3. Chiesa universale, Chiese particolari, associazioni internazionali, «communio»

Le associazioni internazionali di fedeli, sia pubbliche che private, costituiscono certamente una concreta manifestazione della dimensione universale e, al contempo, particolare della Chiesa. La mutua interiorità che esiste tra queste due dimensioni della Chiesa può essere descritta in questo modo: la presenza del “tutto” (Chiesa universale) nella “parte” (Chiesa particolare), essendo quest’ultima parte del “tutto”.

Tutte le associazioni internazionali di fedeli sono nate in seno a una determinata Chiesa particolare. Così come l’Unione è nata nella Diocesi di Roma. Nonostante questo, le realtà aggregative internazionali sono chiamate, per loro natura, a estendersi ad altre Chiese particolari come conseguenza dello spirito apostolico che anima i loro membri, spirito che è manifestazione dell’apostolicità della Chiesa. Le associazioni internazionali di fedeli sono realtà della Chiesa universale che, rivelando la dimensione internazionale della loro missione, si fanno presenti nelle singole Chiese particolari, sviluppando un’azione ecclesiale inter-diocesana.

In passato, questo tratto comune delle associazioni internazionali di fedeli è stato l’origine di alcuni contrasti con gli Ordinari diocesani. A questo proposito, bisogna riconoscere che la Chiesa ha già conosciuto nella storia situazioni simili che, peraltro, hanno coinciso con momenti di grande rinnovamento ecclesiale. Basti pensare alla cosiddetta polemica bassomedievale sorta in seno all’Università di Parigi nel XIII secolo, a cui presero parte San Tommaso d’Aquino e San Bonaventura da Bagnoregio, che ebbe come protagonisti il clero secolare e gli emergenti Ordini mendicanti (francescani e domenicani). Punto nevralgico di questa polemica, i privilegi concessi dai Romani Pontefici ai religiosi appartenenti ai suddetti ordini, i quali avevano ottenuto il consenso di predicare e di confessare liberamente in tutta l’Europa7. Dopo sette secoli, questa controversia appare ai nostri occhi senz’altro superata. È da auspicare, dunque, che anche gli eventuali contrasti riguardanti l’esercizio dell’apostolato nelle Chiese particolari da parte dei membri di associazioni internazionali di fedeli vengano anch’essi superati. A tal fine, un’aiuto ci viene dalla nozione di comunione. La communio, intesa in questo caso come communio fidelium, ossia come l’unione di tutti i battezzati in ordine alla consecuzione del fine ultimo della Chiesa, si trova alla base di tutti i rapporti ecclesiali e costituisce il criterio ermeneutico per conseguire un rapporto adeguato tra unità e pluriformità nella Chiesa, aspetti centrali della comunione ecclesiale8.

La comunione nella Chiesa non è una nozione teologica astratta e, tanto meno, un luogo comune, ma trova delle applicazioni concrete nella vita della Chiesa. Nella Lettera Communionis notio, si legge: «Per una visione più completa di questo aspetto della comunione ecclesiale – unità nella diversità – è necessario considerare che esistono istituzioni e comunità stabilite dall’autorità apostolica per peculiari compiti pastorali. Esse in quanto tali appartengono alla Chiesa universale, pur essendo i loro membri anche membri delle Chiese particolari dove vivono e operano. Tale appartenenza alle Chiese particolari, con la flessibilità che le è propria, trova diverse espressioni giuridiche. Ciò non solo non intacca l’unità della Chiesa particolare fondata nel Vescovo, bensì contribuisce a dare a quest’unità l’interiore diversificazione propria della comunione» (n. 16).

Le associazioni internazionali di fedeli non possono essere considerate realtà “forestiere” all’interno delle Chiese particolari, proprio perché i loro membri sono fedeli delle Chiese particolari dove vivono e operano. In quanto espressioni canoniche dei carismi, le associazioni di fedeli attualizzano il mistero della Chiesa in seno alle Chiese particolari e costituiscono «elementi al servizio della comunione tra le diverse Chiese particolari» (Lettera Communionis notio, n. 16).

Nella Lettera apostolica Novo millennio ineunte, il Servo di Dio Giovanni Paolo II sottolinea la rilevanza che ha, per il raggiungimento di questa comunione, «promuovere le varie realtà aggregative, che sia nelle forme più tradizionali, sia in quelle più nuove dei movimenti ecclesiali, continuano a dare alla Chiesa una vivacità che è dono di Dio e costituisce un’autentica “primavera dello Spirito”» (n. 46/d).


4. Unità con i Pastori, sintonia ecclesiale

La comunione nella Chiesa comporta sempre l’unità affettiva ed effettiva intorno al Vescovo diocesano, a lui compete il discernimento e l’accompagnamento dei carismi, nonché il coordinamento delle diverse forme di apostolato nella Chiesa particolare (Decr. Christus Dominus, n. 17/a). Le associazioni di fedeli devono, secondo il carisma loro proprio e le loro possibilità, collaborare ai progetti pastorali intrapresi nella Chiesa particolare. Questo non significa che tutti i membri della Chiesa particolare devono operare nello stesso ambito e nel medesimo modo. I fedeli, infatti, possono edificare la Chiesa anche vivendo un determinato carisma. Dunque, la pluralità di ministeri, di carismi e di forme di vita non ledono affatto l’unità della Chiesa particolare, al contrario, la arricchiscono.

Ritengo utile citare, a questo proposito, le parole che Papa Giovanni Paolo II scrisse nell’enciclica Redemptoris Missio circa l’inserimento dei movimenti ecclesiali nelle Chiese particolari: «Ricordo, quale novità emersa in non poche Chiese nei tempi recenti, il grande sviluppo dei “Movimenti ecclesiali”, dotati di dinamismo missionario. Quando si inseriscono con umiltà nella vita delle Chiese locali e sono accolti cordialmente da Vescovi e sacerdoti nelle strutture diocesane e parrocchiali, i Movimenti rappresentano un vero dono di Dio per la nuova evangelizzazione e per l’attività missionaria propriamente detta. Raccomando, quindi, di diffonderli e di avvalersene per ridare vigore, soprattutto tra i giovani, alla vita cristiana e all’evangelizzazione, in una visione pluralistica dei modi di associarsi e di esprimersi» (n. 72/a).
Di conseguenza, come ci insegna Giovanni Paolo II, l’inserimento di una realtà carismatica in una Chiesa particolare consiste proprio nella diffusione di quel carisma in uno spirito di umiltà. Manifestazioni di questo spirito di umiltà sono l’unione con il Vescovo diocesano; l’apprezzamento delle altre realtà presenti nella Chiesa particolare – evitando qualsiasi forma di autoreferenzialità –; lo spirito di servizio e di collaborazione con gli altri fedeli che vivono la vita cristiana secondo altri carismi o altre forme di impegno ecclesiale; etc.

Le associazioni internazionali di fedeli vengono approvate dalla Santa Sede, ma questo non significa che esse dipendono esclusivamente dal Vescovo di Roma. Bisogna tener presente che i membri di queste associazioni svolgono la loro azione nelle Chiese particolari dove hanno il proprio domicilio e, pertanto, sono sottoposte alle disposizioni emanate dall’Ordinario diocesano. Il can. 305, § 2 del Codice di Diritto Canonico stabilisce che sono soggette alla vigilanza dell’Ordinario del luogo le associazioni diocesane e le altre, cioè, quelle di ambito nazionale e internazionale, in quanto svolgono il proprio ruolo nella diocesi. Dunque, spetta agli Ordinari del luogo assicurarsi che in esse venga conservata l’integrità della fede e dei costumi e vigilare affinché non ci siano abusi nella disciplina ecclesiastica. Nell’espletamento di questo compito, l’Ordinario del luogo può visitare le associazioni a norma del diritto e degli statuti (CIC, can. 305, § 1).

Il riconoscimento di un’associazione internazionale di fedeli da parte della Santa Sede non esime i Pastori della Chiesa da un giudizio circa l’eventualità di concedere il consenso affinché tale associazione possa operare nelle rispettive Chiese particolari. A tale proposito, è necessario però tener presente che il discernimento globale sull’ecclesialità dell’associazione è già stato compiuto a livello della Chiesa universale nel momento dell’approvazione degli statuti da parte della Santa Sede.


5. L’Unione come famiglia di diversi stati di vita, «nuova evangelizzazione» e formazione

Una caratteristica particolare dell’Unione è il fatto che essa si presenta come una compagine composta dai tre stati di vita: laici, sacerdoti e religiosi. Queste diverse modalità di vita ecclesiali rispondono organicamente, in ragione del carisma che le accomuna, alla medesima missione apostolica che si prefigge l’Unione. In un suo recente discorso, il Santo Padre Benedetto XVI, rivolgendosi a un gruppo di Vescovi polacchi in visita ad limina Apostolorum, augurava «che un’armoniosa collaborazione di tutti gli stati di vita nella Chiesa (...) produca frutti di trasformazione del mondo nello spirito del Vangelo di Cristo»9.

La partecipazione allo stesso carisma dei tre stati di vita nella Chiesa presuppone altresì una chiara distinzione tra essi, in base alla natura propria di ogni stato, al fine di evitare qualsiasi confusione a discapito di ognuno di essi. In questo senso, i documenti del Concilio Vaticano II sono un preciso punto riferimento, in quanto delineano la fisionomia propria della vocazione dei laici, dei sacerdoti e dei religiosi. Anche Giovanni Paolo II, durante tutto il suo pontificato, ha chiaramente ammonito a guardarsi bene dall’assumere atteggiamenti che conducono alla “clericalizzazione” dei laici, come pure alla “secolarizzazione” dei sacerdoti e dei religiosi.

In questi primi otto mesi del suo pontificato, Benedetto XVI ci ha prospettato un grande compito: quello della trasmissione della fede, compito che al giorno d’oggi in molti paesi, anche in quelli di antica tradizione cristiana, diventa un vero e proprio primo annuncio della fede. Giovanni Paolo II chiamò questo impegno la «nuova evangelizzazione», alla quale sono chiamati tutti i cristiani.

A tal fine, i fedeli hanno bisogno di una costante e intensa formazione. Benedetto XVI ha richiamato alla necessità di uno studio approfondito, indicando come strumenti insostituibili il Catechismo della Chiesa Cattolica, promulgato nel 1992, e il Compendio del Catechismo della Chiesa Cattolica, pubblicato quest’anno. Oltre a questa formazione cristiana, la formazione specifica nel carisma dell’Unione diventa un dovere fondamentale sia per i suoi membri sia per le persone responsabili di questa formazione.


6. Maria, Regina degli Apostoli

Nella casa generalizia della Società dell’Apostolato Cattolico a Roma si trova un dipinto di Serafino Cesaretti, pittore e incisore italiano dell’ottocento. Il quadro rappresenta la Pentecoste nel cenacolo di Gerusalemme. Al centro è raffigurata la Madonna circondata dagli Apostoli inginocchiati. In primo piano, a destra, c’è San Pietro; San Giovanni è a sinistra. Accanto a Maria ci sono due donne. Tutti sono in posizione orante e sulla testa hanno una lingua di fuoco che simboleggia lo Spirito Santo che scende su di essi. Quest’opera esprime in modo molto adeguato il carisma ricevuto da San Vincenzo Pallotti, in quanto è «Maria, dopo Gesù, il più perfetto modello del vero zelo apostolico perché Ella, sebbene non fosse sacerdote, pure superò nel merito gli Apostoli, tanto che la Chiesa la saluta Regina degli Apostoli»10.

Sin dalle origini, il santo affidò l’Unione alla Regina degli Apostoli, e la mise sotto la sua protezione materna. È per questa ragione che Maria è considerata la patrona dell’Unione. All’intercessione di Colei che ha accompagnato gli Apostoli nei primi tempi della Chiesa affidiamo i frutti di questa I Assemblea generale dell’Unione, affinché accompagni sempre i suoi membri nel compito di guadagnare molte anime a Cristo.









1 Cfr. F. AMOROSO, San Vincenzo Pallotti, romano, Roma 2004, pp. 101-117.
2 OOCC, III, p. 175 (citato da F. AMOROSO, San Vincenzo Pallotti, romano, o.c., p. 105).
3 Cfr. LG, 4, 7, 12 e 30; AA, 3 e 30; PO, 9.
4 G. PHILIPS, La Chiesa e il suo mistero. Storia, testo e commento della Costituzione «Lumen Gentium», Milano 1993, p. 162.
5 Cfr. J. RATZINGER, I movimenti ecclesiali e la loro collocazione teologica, in I movimenti nella Chiesa. Atti del Congresso mondiale dei movimenti ecclesiali, Roma, 27-28 maggio 1998, Città del Vaticano, 1999, pp. 25-28.
6 Ibid., p. 29.
7 Cfr. Ibid., pp. 41-43. Per uno studio teologico-giuridico di questa polemica, cfr. C. TAMMARO, Appunti sulla natura e struttura del rapporto di giurisdizione tra pastore e fedeli nella tradizione evangelica e nella dottrina teologico-canonica medievale, in «Fidelium Iura», 14 (2004), pp. 161-182.
8 Cfr. SINODO DEI VESCOVI, Relazione finale Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, II, C, 1, 7-XII-1985, in «Enchiridion Vaticanum», vol. 9, n. 1801; CONGREGAZIONE PER LA DOTTRINA DELLA FEDE, Lettera «Communionis notio», 28-V-1992: AAS 85 (1993), pp. 838-850.
9 BENEDETTO XVI, Discorso al secondo gruppo di Vescovi della Polonia in visita «ad limina Apostolorum», in «L’Osservatore Romano», 4-XII-2005, p. 5.
10 OOCC, I, pp. 6-7 (citato da F. AMOROSO, San Vincenzo Pallotti, romano, o.c., p. 117).

mercoledì 23 settembre 2009

Il ruolo dei fedeli laici nella Chiesa



Tavola rotonda
6 marzo 2004
 
 
1. Desidero, inanzi tutto, ringraziare Sua Eminenza il Cardinale Giovanni Cheli dell’invito che ha rivolto al Pontificio Consiglio per i Laici, sollecitando la partecipazione di uno dei suoi membri a questa tavola rotonda, organizzata dagli Oblati Secolari dell’Ordine di Santa Brigida, dedicata al ruolo dei fedeli laici nella Chiesa. Cercherò di esporre, se pur brevemente, le principali funzioni del Pontificio Consiglio per i Laici e di fornire spunti di riflessione, utili per un successivo dibattito.
2. Prima di tutto bisogna ricordare che il Pontificio Consiglio per i Laici è un Dicastero molto giovane della Curia Romana. È stato istituito, infatti, nel 1967 da Paolo VI, nell’intento di realizzare quanto si auspicava nel decreto conciliare Apostolicam actuositatem, a proposito della necessità di costituire un organismo presso la Santa Sede per il servizio e l’impulso dell’apostolato dei laici. Sin dalla sua nascita, il Consiglio si prefigge di coadiuvare il Santo Padre in tutte quelle materie che riguardano la promozione e il coordinamento dell’apostolato dei laici e, in generale, in quelle che concernono la vita cristiana dei laici in quanto tali (cfr. PB art. 131). Per assolvere con diligenza questo importante compito, esso cerca di rimanere fedele a quanto indicato nel documento menzionato del Concilio Vaticano II e nel magistero pontificio sui fedeli laici, in particolar modo nell’Esortazione apostolica post-sinodale Christifideles laici del 1988, considerata la "magna charta" del Consiglio. In sintesi, si può certamente affermare che il Pontificio Consiglio per i Laici è il Dicastero della Curia Romana posto al servizio dell’apostolato dei laici.

3. Mi vorrei soffermare, ora, sui campi di azione del Dicastero. In primo luogo, spetta al Pontificio Consiglio animare e sostenere i fedeli laici affinché partecipino alla vita e alla missione della Chiesa nel modo loro propio, sia come singoli che come membri appartenenti ad associazioni. A questo proposito, mi preme sottolineare che il modo specifico con cui i fedeli laici edificano la Chiesa consiste nel permeare di spirito evangelico le realtà temporali. Come ha affermato il Santo Padre nella Lettera apostolica Novo millennio ineunte (n. 46), al termine del Grande Giubileo dell’anno duemila, è necessario che nella Chiesa si scopra sempre meglio la vocazione dei fedeli laici, che è radicata come tutte le altre vocazioni, nel sacramento del Battessimo, ma che tende per natura propria a «cercare il regno di Dio trattando le cose temporali e ordinandole secondo Dio» (LG 31). Pertanto, il mondo, e con questo intendo dire il lavoro professionale, lo studio, le relazioni familiari, amichevoli, l’impegno politico, la cultura, l’economia e via dicendo, è lo spazio dove si configura la vocazione cristiana dei fedeli laici (cfr. ChL 15), cioè l’ambito in cui essi devono cercare la santità e portare il messaggio di Gesù.
Affinché adempiano questo peculiare compito di diffondere lo spirito del Vangelo nel mondo, i fedeli laici (e questo vale anche per noi sacerdoti) hanno bisogno di una intensa formazione cristiana, dottrinale e spirituale. Si dice a ragione che nessuno può dare quello che non ha. È per questo motivo che uno dei temi che viene trattato con maggiore cura negli incontri con i Vescovi che si recano al Dicastero, in occasione delle visite ad limina che compiono ogni cinque anni, è proprio quello dell’itinerario formativo dei laici. Questo dialogo con i Vescovi e la riflessione che ne scaturisce consente al Consiglio di porsi all’ascolto delle diverse situazioni ed esperienze nelle Chiese locali, e di capirne più a fondo le esigenze particolari.

4. Una parte molto consistente del lavoro del Pontificio Consiglio per i Laici è quella che concerne le associazioni laicali di fedeli, cioè, tutte quelle aggregazioni composte a larga maggioranza da fedeli laici. Nell’ambito della propria competenza, il Dicastero riconosce quelle associazioni di fedeli che hanno carattere internazionale e ne approva gli statuti.
Nello svolgimento di questo incarico e in risposta agli insegnamenti del Santo Padre, il Dicastero incoraggia tutte le varie forme aggregative laicali, valorizzandole e cercando di orientare i loro carismi all’interno della Chiesa. In questo senso, il Pontificio Consiglio per i Laici mantiene rapporti costanti con i movimenti e le nuove comunità ecclesiali, di cui la stragrande maggioranza è configurata come associazioni internazionali di fedeli, come pure con le Organizzazioni Internazionali Cattoliche (OIC), l’Azione Cattolica, ecc.
La crescente fioritura delle esperienze di vita associativa nella Chiesa ha contribuito ad aumentare la delicata responsabilità del Dicastero nel discernimento di queste nuove realtà. Nel dialogo del Pontificio Consiglio per i Laici con le varie aggregazioni affidate alla sua cura pastorale, si distinguono in modo particolare i movimenti ecclesiali e le nuove comunità, di cui il Dicastero segue da vicino la vita e le attività e delle quali vuole essere la "casa comune", convinto che le loro esperienze rappresentino un validissimo aiuto per l’apostolato dei fedeli laici.
Da questi presupposti è nata l’iniziativa del Consiglio di invitare movimenti e nuove comunità a incontri di riflessione comune su questioni specialmente rilevanti, al fine di conoscere il loro giudizio. Gli incontri che hanno avuto luogo nel 2003 sono stati: La costruzione della pace nell’era globale, tema particolarmente sentito a causa dello scoppio della guerra in Iraq; Il contributo dei cristiani alla costruzione dell’Europa, argomento che è stato affrontato nel periodo in cui si stava definendo la bozza del Trattato costituzionale europeo.
5. Oltre a questi incontri, il Dicastero organizza periodicamente dei Convegni internazionali sull’apostolato dei fedeli laici. In questo contesto vorrei ricordare l’ultimo Congresso internazionale del laicato cattolico, che si è svolto a Roma nel novembre del 2000, sul tema Testimoni di Cristo nel nuovo millennio, con la partecipazione di persone provenienti da quasi cento paesi di tutto il mondo.
Di particolare rilievo è stato, inoltre, il Congresso dei laici cattolici dell’Europa dell’Est, svoltosi a ottobre scorso a Kiev, in Ucraina, a cui hanno preso parte rappresentanti dei Paesi della ex Unione Sovietica. Obiettivo primario di questa iniziativa è stato quello di risvegliare tra i cristiani dell’est europeo la consapevolezza della propria vocazione e missione nella Chiesa e nella società, stimolando lo studio e l’assimilazione degli insegnamenti del Concilio Vaticano II.

6. Un ulteriore ambito affidato alla cura del Pontificio Consiglio per i Laici è quello che riguarda i giovani. Infatti nel 1986 Giovanni Paolo II ha voluto istituire all’interno del Dicastero la "Sezione Giovani", come segno di sollecitudine pastorale della Chiesa nei loro confronti. Penso che sia inutile, in questa sede, ribadire l’importanza che il Papa attribuisce ai giovani, che ha più volte definito come "la speranza della Chiesa". I compiti peculiari di questa "Sezione Giovani" sono: porsi al servizio delle Chiese particolari nel settore della pastorale giovanile; essere strumento di sensibilizzazione in materia di problematiche giovanili; promuovere e organizzare convegni di pastorale giovanile a livello internazionale. A questo proposito vorrei menzionare l’8º Forum internazionale dei giovani, che si terrà a Rocca di Papa dal 31 marzo al 4 aprile, sul tema: "I giovani e l’università: testimoniare Cristo nell’ambiente universitario", al quale si prevede la partecipazione di circa 300 studenti universitari provenienti da tutto il mondo.
Momenti forti dell’attività della "Sezione Giovani" sono, senza dubbio, la preparazione delle celebrazioni delle Giornate Mondiali della Gioventù, istituite da Giovanni Paolo II nel 1985, che hanno luogo ogni anno in tutte le diocesi in occasione della Domenica delle Palme, e l’organizzazione degli incontri mondiali del Papa con i giovani, che si celebrano ogni due anni in Paesi di volta in volta diversi. Il prossimo incontro mondiale, a Dio piacendo, si terrà a Colonia nel mese di agosto 2005.
Nonostante la numerosa e festosa partecipazione dei giovani a questi incontri, le Giornate Mondiale della Gioventù non sono soltanto un bel raduno giovanile, ma sono innanzi tutto un’occasione preziosa, per ognuno di loro, per stare accanto al Successore di Pietro e per avere un vero e proprio incontro con Gesù, un’incontro che Giovanni Paolo II, nella sua Lettera apostolica ai giovani e alle giovane del mondo scritta nel 1985 in occasione dell’Anno Internazionale della Gioventù, ha voluto paragonare a quello che ebbe il giovane ricco (cfr. Mt 19, 16-21).
Due esempi commoventi di questi incontri personali dei giovani con il Signore sono stati le migliaia di ragazzi e ragazze che si sono accostati al sacramento della Penitenza in occasione dell’indimenticabile Giornata Mondiale della Gioventù celebrata a Roma durante l’Anno giubilare (le lunghissime file ai confessionali allestiti al Circo Massimo in quei giorni hanno rappresentato una vera scossa sia per i giovani che per i meno giovani), nonché la presa di coscienza, da parte di moltissimi giovani, della propria vocazione all’interno della Chiesa proprio grazie a questi incontri con il Papa.
Da quest'anno esiste presso il Dicastero la sezione "Chiesa e Sport", che cerca di assicurare al mondo dello sport una più incisiva attenzione da parte della Santa Sede, diffondendo gli insegnamenti della Chiesa Cattolica sullo sport, affinché l'attività sportiva possa contribuire allo sviluppo integrale della persona.

7. L’ultimo campo di lavoro del Dicastero che voglio sottoporre alla vostra attenzione è quello che riguarda la vocazione e la missione della donna nella Chiesa e nel mondo. Nel suo impegno, infatti, il Pontificio Consiglio per i Laici ha sempre posto l’accento sulla necessità di riconoscere l’uguale dignità della donna e dell’uomo. D’altro canto nel magistero del Santo Padre si riscontra un grande interesse al tema del rispetto della dignità della donna nel più ampio contesto dell’identità della persona umana, creata a immagine di Dio, uomo e donna.
Lo studio dei fondamenti antropologici e teologici della dignità della donna ha portato alla realizzazione di diverse iniziative, di cui vorrei menzionare solo la più recente: un seminario di studio, che si è svolto a febbraio scorso, sul tema Uomini e donne: diversità e reciproca complementarità. Questo seminario, che si situa nella più ampia prospettiva della formazione dei fedeli laici, ha avuto come scopo identificare elementi utili per l’elaborazione di programmi pastorali più attenti alla ricchezza che deriva dalla diversità e reciproca complementarità che esiste tra uomo e donna. Inoltre il Consiglio ha partecipato attivamente alla preparazione e alla realizzazione di tutte le conferenze mondiali sul tema (Città del Messico, Copenaghen, Nairobi e Pechino).